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¿Habrá por fin llegado el cambio?

Después de muchos años, la Historia sigue en deuda con los salvadoreños. La firma de los Acuerdos de Paz en 1992 no trajo consigo el añorado cambio –el verdadero cambio–. Tampoco lo trajo Mauricio Funes en 2009 ni el presidente Sánchez Cerén en 2014; y de seguir así las cosas, es poco probable que llegue en 2019.
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El miércoles 13 de julio de 2016, sin embargo, la Sala de lo Constitucional deja sin efecto una viciada Ley de Amnistía, vigente desde 1993, lo que a su vez revive una Ley de Reconciliación aprobada en 1992. Este acontecimiento quedará registrado en los anales del país.

Las sentencias acerca de los 900 millones, los diputados suplentes y el 13 por ciento, si bien son temas de enorme trascendencia, pasan a un segundo plano desde el punto de vista histórico puesto que, con la derogación de la citada ley, El Salvador entra en un nuevo y prácticamente desconocido mundo: el de la correcta aplicación de la justicia. El Salvador ya no será el mismo de aquí en adelante. ¿Será este el inicio del verdadero cambio?

Sabemos que esta sentencia no goza de mucha popularidad entre los sectores de ambas partes que fueron protagonistas durante el conflicto bélico, pero que tuvieron participación en deleznables sucesos. No obstante, la derogación de esa ley era algo justo y necesario. Por fin la justicia parece encontrar en nuestro país un lugar confortable en el cual puede descansar, después de tanto tiempo de espera.

Para quienes fueron víctimas directas o indirectas de un nefasto sistema político-económico-militar que violaba a su antojo los derechos humanos de los salvadoreños, la condena y eventual prisión de los implicados podría representar un poco de alivio emocional, pero un cristiano perdón no está fuera de alcance ni de contexto; este perdón caería en muchos casos por su propio peso, pero no tiene ninguna razón ni sentido otorgar perdón a quien no se conoce o a quien no lo ha pedido.

En cuestión de días, el tono de los exabruptos, incoherencias y disparates en contra de la sentencia y de la Sala de lo Constitucional parece haber bajado; y ya se ha comenzado a hablar de justicia restaurativa y transicional, lo que abre espacios de esperanza para una verdadera y ansiada reconciliación, pese a las rabietas de algunos que seguramente se tendrán que callar en algún momento. Por fin las heridas podrán ser –ahora sí– adecuadamente cerradas.

El balón está ahora en las canchas del Ejecutivo y de la (algún día le llamaré “honorable”) Asamblea Legislativa. Ambos deben jugar importantes roles en la conducción de este histórico proceso.

Ojalá ahora sí hagan las cosas como se debe, sin recurrir a triquiñuelas baratas y con apego a las leyes de la República y sin menospreciar la inteligencia de los salvadoreños, para que nadie tenga que corregirles sus errores, excesos y omisiones.

Hace dos años me permití objetar la construcción del famoso monumento a la reconciliación a través de un artículo titulado “¿Monumento a la... qué?” (LPG, 06/08/2014), precisamente porque no existía entonces, como no existe ahora, la tan anhelada reconciliación.

El tiempo me ha dado la razón y ahora, aunque el monumento está concluido, hacen bien en tenerlo bien tapadito y cuidadito hasta que cobre sentido, ya que parecería absurdo inaugurarlo con el beneplácito y la presencia de uno solo de los bandos supuestamente reconciliados.

Tengo la esperanza de que un día pueda ser inaugurado con toda razón y solemnidad y con la presencia de los actores principales. Ahí estaré aunque no me inviten.

Tags:

  • acuerdos de paz
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