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¿Habrá tiempo para una renovación?

Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada
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“Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias, y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada”. Ayn Rand (1950), seudónimo.

Esto fue escrito por una ciudadana rusa, Alisa Zinóvenia Rosenbaum. Nació en San Petersburgo, “defendía el egoísmo racional, el individualismo y el capitalismo. Rechazaba absolutamente el socialismo, el altruismo y la religión”. Extraña combinación de ideas y convicciones y estuve a punto de rechazar todos sus aportes. Pero me llamó la atención los conceptos del encabezado de estas líneas y me invitaron a la reflexión, al contraste o coincidencia con la realidad país. No me atrevo a pronunciarme ideológica y partidariamente hablando; los ismos ya no me atraen. Soy respetuoso de las ideas y de las actitudes de los demás, que es uno de los aspectos que defiende la autora de las obras El Manantial y La Rebelión del Atlas, y del sistema filosófico que denominó: “Objetivismo”.

Es inevitable pensar en el subdesarrollo secular, en la incapacidad de los sistemas burocráticos para coadyuvar al crecimiento de las sociedades de países que a nivel individual tratan de innovar esporádica y aisladamente, sin encontrar apoyo de las autoridades financieras y gubernamentales. Sociedades con una inmensa mayoría condenadas a la pobreza por el sistema mismo.

Es triste aceptar que sean los improductivos los que se quedan con el pequeño pastel del ingreso que se genera, en un país de escasa capacidad productiva –competitiva y desfavorecido geográficamente hablando. Con un antecedente histórico y cultural de poca visión de sus gobernantes de siempre; indiferentes ante la evidente necesidad por décadas de generar un recurso humano potencialmente innovador. Es de esa manera como un país densamente poblado no es sinónimo de una ventaja comparativa natural; más bien se ha ido convirtiendo en el espacio de humanos con necesidades básicas insatisfechas.

Un país sin estrategia está condenado. “Más allá de lo puramente cuantitativo, el fenómeno de descomposición social está hoy alcanzando tal profundidad y tal extensión que se convierte en un factor decisivo de la evolución de la sociedad”. Se trata de resaltar la parte cultural. Esa decadencia de principios y valores que trae consigo una sociedad en descomposición.

Una sociedad sin sentido de pertenencia, sin lazos ideológicos y políticos definidos. Pareciera que son individuos sin el compromiso de realizar esfuerzos en común, sobreviviendo sin oportunidades evidentes. Como lo afirmase un editorial de LPG recientemente, “uno de los problemas serios que enfrenta la juventud nacional es la escasez y la insuficiencia del empleo disponible”. Una sociedad temerosa en una especie de miedo global, miedo a lo que fue y a lo que puede ser.

No puedo aceptar, por convicción personal, que se vive en una sociedad en la cual la corrupción es recompensada y la honradez es un sacrificio. Tiene que haber tiempo para una renovación de la sociedad salvadoreña. Los jóvenes demandan un esfuerzo, un liderazgo productivo y despolitizado en el presente. También una renovación de todo el quehacer económico, político y social, un conglomerado que no huya de sus responsabilidades y que tenga por norma: la superación, el respeto al prójimo y la honradez.
 

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  • corrupcion
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