Habría que buscar entendimientos antes de que estallen los conflictos

Es claro que hay en el país notoria desconexión entre lo que quieren los representados y lo que hacen los representantes. Y esto puede ser muy peligroso a la larga.
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La lógica elemental indica que si hay posibilidad de entenderse cuando se tienen posiciones enfrentadas, lo natural es trabajar seriamente en el entendimiento para evitar que el conflicto se produzca en los hechos, con todas las consecuencias negativas y perjudiciales que esto trae consigo. Sin embargo, por reiterados trastornos que se van produciendo en nuestra realidad, cada vez con más frecuencia, pareciera que ese criterio de lógica elemental está fuera de agenda para muchos de aquéllos que ejercen funciones públicas o que participan en la competencia política; y así vemos una constante detonación de conflictos perfectamente evitables.

El caso de la diferencia de posiciones entre la ANDA y la Alcaldía capitalina es una buena muestra de ello. El contrapunto es por el monto de las deudas respectivas; y, antes de poner en práctica el método del acuerdo en la mesa, se pasa al corte de suministro de agua, con los efectos traumáticos que son de prever, sobre todo en servicios a la población. En la noche del pasado lunes, se reunieron el alcalde capitalino y el presidente de ANDA en casa de un amigo común, y se entendieron sin dificultad. Se restablece el servicio, se establece el mecanismo bilateral para tratar de conciliar los números de las deudas y se acuerda contratar una empresa independiente para resolver lo que no pueda conciliarse. Salida razonable. Lo que cualquiera se pregunta es: ¿Por qué hubo que chocar antes de razonar? Quizás hay resabios del viejo autoritarismo que siguen queriendo demostrar que están ahí, aunque ya sean totalmente inviables en la práctica democrática.

Otro tema en el que se está haciendo sentir la cohetería conflictiva es el de los 800 millones de la deuda en eurobonos. El Gobierno pretende que se le autoricen fondos para cubrir esa suma, en la eventualidad de que los tenedores se dispongan a redimirlos a comienzos del año próximo; la oposición se resiste, porque expresa sospechas de que buena parte de ese dinero, en el caso de autorizarse el crédito, se destinaría a otros menesteres. La sospecha tiene sentido, pues el Gobierno va “coyol quebrado, coyol comido” y la posibilidad de un cobro anticipado de la deuda es remoto, sobre todo en las condiciones actuales del mercado. Lo natural sería que hubiera un entendimiento razonable entre Gobierno y oposición, para garantizar la solvencia del país y a la vez asegurar que no aumente el endeudamiento para otros fines. Y vuelve la pregunta: ¿Por qué no se sientan a buscar entendimiento en vez de mantenerse en el rafagueo mediático que no lleva a otra cosa que no sea agregarle contaminación a la atmósfera nacional?

Cuando se consulta al ciudadano común sobre lo que piensa respecto de esta refriega permanente que se vive en los ámbitos políticos y gubernamentales, lo que resalta es el deseo de que los actores nacionales se dediquen a resolver problemas, no a disputas por intereses. Es claro que hay en el país notoria desconexión entre lo que quieren los representados y lo que hacen los representantes. Y esto puede ser muy peligroso a la larga.

Los salvadoreños tenemos suficientemente complicadas las cosas como para que los conflictos artificiales vengan a sumarse a los problemas reales que tanto nos cargan y nos afligen en lo político, en lo económico y en lo social. Quisiéramos ver un generalizado baño de lucidez y de responsabilidad en el ambiente, para que esa limpieza tan necesaria dé la pauta de lo que deben ser nuestras visiones y nuestras proyecciones de futuro.

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