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Habría que plantearse la prevención del delito a la luz de las realidades imperantes dentro de |la situación nacional

No es sólo cuestión de estimular las recreaciones sanas, de generar acciones educativas superficiales o de ofrecer algunos incentivos para portarse bien: hay que posibilitar en serio oportunidades de autorrealización personal, que sean atractivos ganchos de futuro.
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Se ha vuelto común hablar de prevención del delito y de la delincuencia, sin tener el propósito de ceñirse a diagnósticos realistas sobre la verdadera situación que padecemos. También se habla de reinserción en las mismas condiciones. Y en cuanto a la aplicación directa y estricta de la ley frente a las conductas criminales o antisociales, constantemente se hacen giros y aun piruetas para no referirse a lo que eso verdaderamente debe significar en los hechos. En otras palabras, lo que se testimonia con todo ello es la falta de un enfoque coherente y consistente sobre el fenómeno en general y sobre las medidas pertinentes en particular. De ahí que no se pueda pasar en forma concreta y sustancial de las expresiones a las acciones.

Si se quiere que funcione, la prevención en ningún momento ni circunstancia puede ser manejada en forma aislada. Es cierto que toda prevención de esta índole tiene un componente social incuestionable; pero ello no debe servir para generar alcahueterías de ningún tipo a favor de los que delinquen, sean quienes fueren. Hay que distinguir con claridad entre los que ya están inmersos en el mundo del crimen y de las actividades antisociales y los que se hallan en riesgo de caer en esos pantanos oscuros. Eso significa tener muy clara la diferencia entre prevención y reinserción, que son realidades muy diferentes, y que por eso mismo requieren enfoques bien diferenciados y estrategias bien dirigidas.

En realidad, prevención del delito y de la delincuencia hay que hacer siempre, aun en condiciones normales; ya no se diga cuando hay que enfrentar un desafío tan virulento como el que se viene dando al respecto en el país. Y la prevención, en tales circunstancias, tiene que ser no sólo eficaz sino transformadora de la cultura social. Esto habría que aplicarlo en especial en situaciones tan específicas como son las que se derivan del desbordante incremento de las extorsiones, que ya se volvieron modo de vida no sólo para los pandilleros y sus familias sino también para ciudadanos comunes que se aprovechan de ese recurso fácil para dedicarse a vivir del trabajo ajeno. La recién aprobada ley contra las extorsiones puede ser un instrumento muy útil contra este flagelo, pero hay que atacar a la vez las raíces psicosociales del problema, a fin de hacer una lucha completa.

Para que la prevención sea eficaz hay que llegar al fondo. No es sólo cuestión de estimular las recreaciones sanas, de generar acciones educativas superficiales o de ofrecer algunos incentivos para portarse bien: hay que posibilitar en serio oportunidades de autorrealización personal, que sean atractivos ganchos de futuro. Prevenir es un arte práctico, que implica disuadir estimulando y controlar abriendo rutas de vida productiva y exitosa.

Pese a que esa tarea reconstructiva es sin ningún género de duda una necesidad social impostergable, hasta el momento no ha habido ningún esfuerzo serio y articulado para contrarrestar el embate de la delincuencia adictiva que padecemos. Y en tanto no haya políticas de prevención que merezcan el nombre de tales estaremos viendo crecer el fenómeno delincuencial, con todas las derivaciones destructoras que trae consigo.

La urgencia de hacer verdadera prevención en el área de las conductas antisociales que se han vuelto trampas alevosas para niños y para jóvenes, sobre todo entre los más vulnerables, ya no admite demoras de ninguna índole. Hay que actuar ahora mismo, porque el mal no da tregua.

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