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¡Hace cincuenta y cinco años... y seguimos!

Después de tantos años de satisfacciones en el ejercicio de la educación y a propósito de un nuevo intento de formación docente en El Salvador, vale la pena recordar cuáles fueron los puntos claves para el éxito profesional de la mayoría de los educadores de la década de los años cincuenta-sesenta formados bajo el cuidado de las escuelas normales de aquella época.
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De acuerdo con la discusión suscitada con el licenciado Baltazar Díaz Muñoz, compañero y amigo de promoción, fueron tres los grandes factores: la concepción de un sistema integral de formación; la selección de un cuerpo de formadores, educados bajo ese mismo sistema, y la motivación por aprender aportado por los alumnos normalistas. ¿Cómo operaban estos factores?

No fue una simple idea de un equipo de verdaderos maestros que bajo modestos honorarios diseñaron el sistema de formación. En 1947 se había decretado la creación del Consejo de Educación Primaria y Normal y en 1958, el nuevo Reglamento de Educación Normal (D. O. 8, Tomo 178) bajo la administración del teniente coronel Óscar Osorio. Un marco doctrinario de cuatro principios regía a la Escuela Normal Alberto Masferrer: cumplir con los postulados de la educación democrática, uso del método científico, el Humanitarismo masferreriano en el espíritu pedagógico y finalmente la función social de los conocimientos adquiridos, desarrollados en una formación técnico-científica bajo un horario de tiempo completo en jornadas matutinas, vespertinas y nocturnas. Comprendían asignaturas técnicas como las didácticas especiales y su correspondiente práctica, asignaturas científicas como Pedagogía, Psicología, Sociología, Filosofía, Lógica, y otras, también un programa de actividades: Educación Física, Agricultura, Educación Musical, deportes y socio-culturales.

El segundo factor fue la conformación de un cuerpo de formadores, educados bajo similar sistema, incluso con mayores exigencias que las nuestras, con más años de internado. Fueron verdaderos orientadores que vivían en la escuela, verdaderos modelos para sus discípulos tanto en lo profesional como en lo personal, procuraban encarnar el perfil de lo que nosotros queríamos ser. Eran maestros de vocación con una formación consustancial, no sobrepuesta, muchos de ellos eran académicos universitarios, otros continuaban estudiando, aun en otras disciplinas, sin perder su esencia de formadores.

En tercer lugar estaba la motivación por aprender de los normalistas. El sistema estaba respaldado por un proceso de selección de aspirantes que investigaba aspectos físicos, psicológicos y éticos, pruebas de conocimiento y entrevistas personales. La aceptación y ganar una beca completa era un verdadero triunfo para el estudiante, un prestigio familiar en su pueblo natal, luego el riguroso internamiento en el centro que creaba disciplina, orden y educación de la voluntad, acompañado por diversos servicios de salud, orientación permanente, alimentación, peluquería, lavado de ropa, y otros. Todo estaba previsto para dedicar el cien por ciento del tiempo a la formación integral de un educador, además de la libertad para el desarrollo de sus habilidades y aptitudes personales, campo en el que muchos dieron prestigio a la Normal. Como sigue la tradición, la mayoría de los estudiantes procedíamos de familias de bajos ingresos y de todos los departamentos de la República, condiciones extraordinarias, oportunidades de enriquecimiento personal y social, así entre la convivencia y la sana competencia íbamos logrando el rendimiento académico acorde con las exigencias institucionales. Ciertamente son realidades diferentes pero lo esencial está allí, todavía se forman militares y sacerdotes tomando en cuenta sus roles específicos en la sociedad.

Esta síntesis nos permite decir, después de más de cincuenta y cinco años de trabajo activo: Hemos cumplido y seguimos cumpliendo nuestra misión, gracias a Dios. ¡Salud, educadores dignos! ¡Felicidades, Maestros!

Tags:

  • educacion
  • formacion
  • escuela normal
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