Hacer lo juzgado

“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” Romanos 2:1,3.
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<p>[email protected]&nbsp;</p><p>La política es añeja y también cíclica. La historia nos revela que el que está en el poder pasa a ser después opositor y viceversa y los intereses mezquinos predominan siempre sobre el uso de la razón y los anhelos de los gobernados, porque la capitalización personal de la oportunidad de poder y bienestar individual inducen a acciones que contradicen lo que ayer se pregonó como ilícito y como daño al bien común.&nbsp;</p><p>El anhelo de riqueza y un ingreso extraordinario se vuelven predominantes y pareciera que la tentación y el brillo del oro siempre terminan por doblegar voluntades y quien en el pasado fuese un prototipo de honradez y defensor de la ética y la probidad termina por rendirse a la tentación de satisfacer las necesidades más sofisticadas que proporciona el poder y el lujo; quienes hablaban de honradez terminan por practicar una especie de autoterapia y decir: “El dinero no lo es todo, pero calma las tensiones”. Políticos vienen, políticos van… y las necesidades y la pobreza de la mayoría no se reduce, por el contrario se incrementan.&nbsp;</p><p> Pasaron elecciones, vendrán otras y la esperanza de la mayoría seguirá siendo la posibilidad de vivir en el territorio donde nació con la natural esperanza de satisfacer en esa porción geográfica sus necesidades más vitales sin verse obligado a emigrar. </p><p>Para otros, la minoría, la posibilidad de ser empresario y de lucrar con su propia iniciativa, sin la limitante de expropiaciones sorpresivas. Iniquidades siempre las habrá, sanas e insanas, las primeras como producto de la creatividad y las segundas como producto del aprovechamiento de la ventaja artificial o circunstancia favorable de poder en detrimento de otros.&nbsp;</p><p>Lo ideal será que una empresa satisfaga su natural objetivo de fines de lucro, siempre y cuando tribute lo que le corresponde y genere empleo significativo. La ideología, por otra parte, de quien gobierne en ese contexto pasa a segundo término si los primordiales fines del Estado sean dar satisfacción a los requerimientos y demandas sociales, fomentando la cooperación, coadyuvando a la concreción de normas y teniendo como finalidad predominante el beneficio colectivo. Se cumple entonces que el fin justifica los medios. El ciudadano y el votante se vuelven uno mismo en la satisfacción de sus anhelos básicos.&nbsp;</p><p>El problema surge cuando la filosofía del poder e ideología del gobernante se entremezclan con caprichos e intereses personales, convirtiéndose esa coincidencia en una aberración política; también cuando lo liberal y el intervencionismo, la izquierda y la derecha, convergen en una vulgar lucha de poder por el poder mismo. Y es entonces también cuando la democracia como mal menor pierde sentido y el ciudadano de escasa educación, que es el fiel representante de un país subdesarrollado, desconoce el sistema e indirectamente se vuelve libertario o seudoliberal que niega o se vuelve incrédulos de las ideologías colectivistas que pregonan los políticos en su mercadeo, menospreciando las bondades de la participación ciudadana a través del voto.&nbsp;</p><p>El político tendrá que reinventarse y recuperar credibilidad. De lo contrario, si continúa juzgando y haciendo lo juzgado y persista la convicción ciudadana de que los intereses particulares siempre predominarán en el quehacer político, el abstencionismo estará siempre presente en una humanidad escéptica de que un buen gobierno está por venir. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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