Hacer lo necesario para recuperar la voluntad nacional de liderazgo

El liderazgo de avanzada brilla por su ausencia, y lo que parece seguir prevaleciendo es el reduccionismo provinciano en vez de la visión global.
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<p>Los problemas que agobian nuestra realidad cotidiana vienen produciendo efectos variados en el ambiente desde hace ya bastante rato. En realidad, desde allá por la sexta década del pasado siglo, las transformaciones sociológicas que iban tomando impulso en el país al mismo tiempo ponían a prueba nuestra capacidad de enfrentar con creatividad el reto histórico de la modernización. Como nunca tuvimos experiencia de integración social ni de planificación nacional, todo ese proceso se volvió una especie de trastorno permanente, que contribuyó a acelerar las condiciones que llevaban al conflicto bélico interno.</p><p>En el trabajo integracionista centroamericano, El Salvador tuvo un evidente protagonismo desde el principio. La guerra con Honduras, en 1969, vino a complicar los avances. Inmediatamente después, las turbulencias en Guatemala, en Nicaragua y en El Salvador pusieron a Centroamérica en crisis extrema. Pero, llegada la hora de las soluciones, el caso salvadoreño se volvió emblemático de una salida política ejemplar, no sólo en la región, sino en el mundo. Desafortunadamente, pese a que el proceso de posguerra continúa haciendo su marcha, no logramos capitalizar ese gran activo histórico, que es nuestra mejor credencial para el futuro.</p><p>Es claro que padecemos déficit de liderazgo, que se manifiesta de muy diversas maneras. Para el caso, el Puerto de La Unión puede ser una muestra casi patética. Luego de impulsar un proyecto para hacer de dicho puerto el más moderno del Pacífico centroamericano, visualizado para empalmar por tierra con Puerto Cortés, en Honduras, que es puerto de tercera generación en el Atlántico, y ya cuando el nuevo puerto está por concluir su construcción, los pequeños intereses y los conceptos anticuados lo frustran todo. El liderazgo de avanzada brilla por su ausencia, y lo que parece seguir prevaleciendo es el reduccionismo provinciano en vez de la visión global.</p><p>Otro ejemplo dramático es el del café. Las visiones ideologizadas de izquierda satanizaron al café como bastión de la riqueza tradicional. Es cierto que no podíamos depender del monocultivo, y había que entrar en otras áreas productivas, al ritmo de los tiempos. Pero el error fue ir dejando al margen, irresponsablemente, una fuente de producción ya probada; y, para colmo, sin consolidar nada nuevo. En su momento llegamos a ser el tercer productor mundial; hoy, somos el país que menos exporta en Centroamérica. Evidencias tan dramáticas como ésta deberían mover propósitos correctivos, no sólo respecto de un tema tan concreto, sino en términos generales. No podemos seguir al filo de la regresión.</p><p>Con todo lo anterior queremos subrayar que en la base de casi todos nuestros problemas no resueltos está una falla de actitud y de visión.</p><p>Es indispensable recuperar la autoestima como sociedad y la responsabilidad como organización institucional. Ambos factores se han venido deteriorando progresivamente, y es lo que debería preocuparnos en serio, en vez de estar malgastando tantas energías valiosas en disputas perfectamente evitables, como la que aún se escenifica por el enfrentamiento entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional. Los políticos están obligados a poner lo suyo al respecto.</p><p>En lugar de estar queriendo hallarles nicho a nuestras intransigencias perversas en entes como la Corte Centroamericana de Justicia, tendríamos que aplicarnos a analizar los buenos resultados que se dan en el entorno, para entrar en competencia real, con espíritu de funcionar en primera línea.</p><p>&nbsp;</p>

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