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Hacer política: regresar a El Salvador que todos amamos

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Hacer política: regresar a El Salvador que todos amamos

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Por Lourdes Argueta Coautora de “El país que viene”

Si alguna vez te dieran la opción de vivir en otro país o quedarte en el tuyo, ¿cuál eligieras? Si te preguntaran cuáles son las soluciones a los problemas más apremiantes que tenemos, ¿qué propusieras? Si te cuestionaran por pasarte el alto, por cortar la fila, ¿cómo te defendieras? Si te dieran la oportunidad de cambiar nuestro entorno, ¿qué hicieras?

Datos recientes indican que el 79 % de los salvadoreños anhela irse de El Salvador y comenzar una vida en un país que ofrece mayores oportunidades de desarrollo personal y profesional. Esta tendencia es más marcada en los jóvenes de 18 y 19 años, un 86 % que respondió con los deseos de abandonar el país. Esto implica que cada año son miles los jóvenes y el talento que El Salvador pierde, que migran y esperan no regresar.

En mi caso, pasé cinco años estudiando y trabajando en el exterior. Luego de adquirir mi licenciatura en Estados Unidos, experiencias de intercambio en Israel y trabajar en el área metropolitana de Washington, D. C., me tocó hacer algo que no estaba en mis planes y que nunca creí que haría: regresar. Cuando yo regresé, me enfrenté a una realidad dura y de poca estabilidad.

En nuestro país existe una cultura y práctica fuerte de violencia que evita que los jóvenes participen en el desarrollo económico y sociopolítico del país. En el contexto de violencia juvenil dominante y con altos índices de homicidio, los jóvenes salvadoreños enfrentan la exclusión estructural de la esfera pública. Sus potenciales contribuciones positivas a la sociedad son constantemente consideradas irrelevantes. Además, las tendencias de combatir la violencia juvenil, a través de medidas represivas, inducen a niveles altos de desconfianza y resignación entre los jóvenes y hacia las autoridades del Estado, pues se apaga, poco a poco, el amor al país.

La participación juvenil es una herramienta invaluable que deber ser utilizada como vehículo que conlleva hacia la política y es una vía de influencia social para transformar. La participación e incidencia ciudadana son de importancia significativa, porque con estas se pueden trabajar los valores, los principios y la moralidad que llegan a influir en otros. La participación también se conoce como un derecho fundamental. Es uno de los principios rectores de la Declaración Universal de Derechos Humanos que se ha reiterado en muchos otros convenios y tratados.

A través de la participación activa, los jóvenes tienen el poder de desempeñar un papel vital, tanto en su propio desarrollo como en el de sus comunidades, ayudándoles a aprender habilidades vitales para la vida, desarrollando conocimientos sobre derechos humanos y ciudadanía y promoviendo una acción cívica positiva.

Sin duda, mi transición y adaptación a enamorarme de El Salvador no la pude haber obtenido sin personas importantes dentro de mi vida: Dios, mi familia, mis mentores y compañeros jóvenes y líderes que hacen política incansablemente todos los días. Por ellos he aprendido el valor del compromiso, a participar e influenciar para hacer una transformación desde nuestros trabajos, con nuestros conocimientos y nuestras capacidades. Hacer política para servir al país, siendo coherentes. Solo amando al país y trabajando por él las 24 horas o los 1,440 minutos al día, nos da derecho a exigir. Aprovechemos ese tiempo para hacer política. Si hacemos esto, El Salvador que amamos va a regresar.

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