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Hacer que los jóvenes confíen en su futuro aquí es tarea básica para el país

No hay que perder de vista ni un solo instante que la seguridad y el desarrollo van siempre de la mano, y cuando alguno de esos dos componentes falla todo el aparato se desquicia, que es lo que hemos venido viendo y padeciendo en el país desde hace mucho.
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Los salvadoreños vivimos inmersos en un torbellino de acontecimientos adversos de la más variada índole, y eso hace que las ansias de emigrar se aceleren constantemente. Hay que decir que la opción de emigrar en busca de un mejor destino en sociedades con mayor desarrollo ha sido siempre en todas partes un estímulo constructivo; pero lo que ocurre en los tiempos presentes es que las emigraciones están principalmente motivadas por cuestiones de seguridad y por los trastornos que se padecen en ambientes determinados, como es el caso actual de gran parte de las corrientes migratorias hacia Europa y hacia Estados Unidos. En nuestro caso, igual que en el de los países vecinos, a las circunstancias económicas deplorables se juntan los desmanes de la delincuencia organizada, que de diversas maneras le hace la vida imposible a la gente.

Cuando la inseguridad impera, se van cerrando automáticamente las salidas hacia el futuro; y esto afecta en primer término a los jóvenes, que están emprendiendo las primeras jornadas de su trayecto existencial. No es posible imaginar que la realidad nacional entre de veras en fase de progreso sostenible si casi todo lo que se da en el ambiente es desestimulante al máximo. Es cierto que los salvadoreños somos aguantadores por tradición, y que, por consiguiente, no nos amilanamos con facilidad frente a las adversidades; pero lo que necesitamos no sólo es aguante sino sobre todo impulso de mejoramiento suficientemente confiable.

Nuestra juventud está ávida de aprovechar sus oportunidades, pero prácticamente todos los factores que la rodean actúan en sentido contrario. Es tarea fundamental, entonces, y a la vez urgente y por ende inaplazable, revertir el estado de cosas en que nos movemos para pasar a la construcción inmediata de ofertas de superación y de desarrollo a las que todos puedan tener acceso, y muy particularmente los jóvenes. Esto requiere reconstituir el modelo educativo sobre las bases de la productividad real en todos los órdenes y rehabilitar la confianza en que aquí dentro del país son posibles las más variadas formas de autorrealización progresista, tanto para los individuos como para la sociedad.

Es preciso poner en marcha cuanto antes y de manera debidamente consensuada un proyecto de modernización nacional que tenga como propósito esencial sacar a la luz todas las posibilidades y oportunidades que se abren para El Salvador y su gente en este momento de expansiva competitividad global. Y dentro de tal propósito el tema de la seguridad es sin duda crucial. No hay que perder de vista ni un solo instante que la seguridad y el desarrollo van siempre de la mano, y cuando alguno de esos dos componentes falla todo el aparato se desquicia, que es lo que hemos venido viendo y padeciendo en el país desde hace mucho.

El único freno positivo y eficaz de la emigración está en la apertura de espacios reales para progresar de manera segura y suficiente dentro del país. Ánimo de hacerlo hay, como puede comprobarse con las crecientes iniciativas de emprendimiento productivo que se dan en el día a día, pese a todos los obstáculos existentes. Se trata, pues, de allanarle el camino a dicho ánimo, para que pueda desplegarse con todas sus potencias y energías.

Los obstáculos son múltiples y los riesgos nunca faltan, pero la tarea, si es bien proyectada y debidamente ejecutada, tiene todas las de ganar.

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