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Hacer una escena, no establecer una política

La maleducada Penélope Soto ofreció más tarde una llorosa disculpa al juez, que desestimó los cargos de desacato y anuló la sentencia de cárcel.
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San Diego — Por sus actos, podemos deducir en quién estaban pensando: en sí mismos.

Los jóvenes inmigrantes ilegales traídos al país cuando eran niños llamados DREAMers a menudo son tan egocéntricos como los muchachos nacidos aquí. Han estado, durante años, cocinándose en el mismo adobo de falta de respeto, narcisismo, sentido de tener derecho a las cosas, arrogancia y desprecio a la autoridad. Todo se centra en torno a ellos. Adoran la Santa Trinidad de Mí, Yo mismo, Yo.

En la comunidad latina se comenta el vergonzoso espectáculo que recientemente estropeó la anticipada audiencia sobre la reforma migratoria en el Comité Judicial del Senado: Justo segundos antes de que miembros del comité se aprestaran a escuchar el testimonio del alcalde de San Antonio, Julián Castro, tres jóvenes sentados en la parte trasera de la sala se pusieron de pie y declararon a voz en cuello que eran “indocumentados y no tenían miedo”. Rápidamente fueron acompañados fuera de la sala por perturbar la sesión. Se olvidaron de agregar indiferentes a perjudicar su propia causa.

¿Y cuál es su causa? No lo dijeron. Estaban tan ocupados anunciándose a sí mismos que nunca llegaron a declarar lo que querían. Lo que querían era atención. Así son los jóvenes de hoy en día. El nuevo lema nacional bien podría ser: “¡Mírenme!”

Supuestamente, los manifestantes desean que los legisladores le abran camino a la ciudadanía para los indocumentados. Lo sabemos pues los DREAMers no se han mostrado exactamente tímidos para presentar sus demandas. Algunos de sus estallidos han ocurrido en todo el país.

Muchos de nosotros estamos de acuerdo sobre la necesidad de un camino a la ciudadanía. Lo extraño es que los tres manifestantes pensaran que mostrar desacato a los miembros del Congreso –demócratas y republicanos– era un buen primer paso para alcanzar su objetivo.

En lugar de avergonzarse a sí mismos, ¿por qué no dejar que los funcionarios hablen –y se avergüencen a sí mismos? Eso se aplica especialmente a los republicanos, quienes no parecen haber encontrado un argumento nuevo contra la legalización de los indocumentados.

El representante Blake Farenthold, republicano por Texas, preguntó: “¿Cómo evitamos crear un incentivo para que la gente continúe viniendo al país?” Y mi respuesta es: “ Congresal: Si no quiere que venga más gente a Estados Unidos ilegalmente, la solución es simple. Vaya a su distrito y organice una reunión municipal de madres y esposas suburbanas, rancheros, agricultores, dueños de empresas de construcción, restaurantes y hoteles, y dígales que dejen de contratar inmigrantes ilegales”.

Con intención de hacerlo o sin ella, esos bulliciosos jóvenes también mostraron falta de respeto por el alcalde Castro, quien había sido invitado a ofrecer sus opiniones sobre la inmigración. Ese es el mensaje para nuestra juventud: “¿Quieren aparecer en el noticiero de la noche? Vayan a la Universidad de Stanford y a la Escuela de Derecho de Harvard, logren ser electos alcaldes de una ciudad estadounidense importante y pronuncien el discurso central en la Convención Nacional Demócrata. O, si todo eso parece ser demasiado trabajo, pueden agarrar un cartel y hacer una escena en una audiencia del Congreso. Las cámaras los encontrarán”. Al final, los manifestantes parecieron tontos y lamentables, egoístas y temerarios, dispuestos a jugar con lo que, según algunos, es la mejor oportunidad que han tenido los indocumentados en décadas para legalizar su categoría migratoria. Podrían haber puesto en peligro el respaldo para todo el acuerdo, y pareció no importarles ni un pepino. Y ahórrenme el argumento de que esto fue parte de la gran tradición estadounidense de desobediencia civil que es desafiar una ley injusta y después aceptar el castigo. Eso es someterse a la autoridad y no rechazarla en la manera en que lo hicieron los manifestantes.

Ese lamentable numerito se parece más a la actitud de una adolescente de Florida, que fue recientemente sentenciada a 30 días de cárcel por maldecir y “hacer perder los estribos” a un juez. La maleducada Penélope Soto ofreció más tarde una llorosa disculpa al juez, que desestimó los cargos de desacato y anuló la sentencia de cárcel.

Entonces, ¿cuándo se disculparán los manifestantes inmigrantes por su explosión? No ocurrirá nunca.

¿Por qué? Porque estar enamorado del sonido de su propia voz significa no tener que decir nunca: “Lo siento”.

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© 2013, The Washington Post Writers Group

Tags:

  • narcisismo
  • escuchar testimonio
  • indocumentados

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