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Hagamos que el civismo sea una real y efectiva cultura ciudadana

En realidad, tanto el civismo como la política tienen una responsabilidad común, que es construir Patria consolidando convivencia, generando progreso y desarrollando solidaridad.
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Ha iniciado septiembre, que es nuestro Mes Cívico, porque el 15 de este mes se conmemora la Independencia patria, que este año cumple 192 de haber sido proclamada en Centroamérica. Durante estos días hay, por tradición, una serie de actividades que se centran en el ámbito escolar; y, desde luego, abundan las declaraciones y los discursos de contenido previsible. Esto ha venido trivializándose en el curso del tiempo, sobre todo en los decenios más recientes, en los que un progresivo despojo de identidad ha sido lo común en los distintos ámbitos nacionales. La pertenencia patriótica, tan vital para construir nación, es vista por muchos como una reliquia ya casi inservible, con los efectos alienantes que eso acarrea.

Lo primero que habría que tener en cuenta al referirse al civismo es que este no se limita a la recordación periódica de sucesos y personajes históricos directamente vinculados con el quehacer patriótico. Sin dejar de lado la necesaria y constante asimilación ciudadana de los valores propios de la nacionalidad, se hace indispensable traer el civismo a la vida cotidiana, como expresión natural de la misma. En ese sentido, la conducta cívica responde a una conciencia cívica, y ésta se manifiesta, en primer lugar, como voluntad libremente asumida de comportarse en toda circunstancia de manera respetuosa y correcta, respecto de la persona en sí y en cuanto a las relaciones de esta con sus diversos conciudadanos.

El civismo es, entonces, un factor fundamental para la sana y pacífica convivencia. Ello significa que entre civismo y ciudadanía hay siempre un lazo umbilical. Si la ciudadanía es el conjunto de hombres y de mujeres que forman parte de un mismo pueblo y que tienen, por naturaleza, los mismos derechos básicos y las mismas libertades fundamentales, a todos corresponde ejercer esa conducta cívica que permite vivir en verdadera comunidad, con destino compartido. En otras palabras, si bien es motivador celebrar un Mes Cívico, lo que corresponde de veras sería que todos los meses lo fueran, porque el civismo es y debe ser función permanente en la vida social.

No puede dejarse de lado que el civismo y la política tienen que ir de la mano, determinándose mutuamente, como expresiones distintas de una misma necesidad de construir convivencia armoniosa y constructiva. El que esto no sea así –como en verdad no lo es en nuestro ambiente– constituye una aberración que tiene costos crecientes para el desenvolvimiento de la dinámica nacional. Precisamente una de nuestras más costosas deficiencias consiste en que la política ha venido estando divorciada del civismo en forma sistemática. En realidad, tanto el civismo como la política tienen una responsabilidad común, que es construir Patria consolidando convivencia, generando progreso y desarrollando solidaridad. Por eso es que la vivencia cívica resulta tan decisiva para asegurar la modernización que sea capaz de modificar positivamente los fundamentos estructurales de la nación en su conjunto. En esa línea, hay que reconocer que la democracia, cuando se llega a vivir como se debe, constituye la cosecha principal del civismo en acción.

En estos días en que la actividad cívica ceremonial se hace presente, es más que oportuno reflexionar a fondo sobre lo que el civismo significa y representa, más allá de los actos públicos y las palabras oficiales. No podemos seguir huérfanos de esa reflexión y esa toma de conciencia.

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