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Hagámosle el mejor homenaje posible a nuestra condición de salvadoreños, haciéndonos conscientes de lo que serlo significa

Un día de estos, un amigo de confianza me decía: “No veo para qué seguir hablando de patriotismo cuando en el país casi todas las cosas están hoy patas arriba; ni entiendo para qué continuar esperando buenas nuevas cuando lo que nos trae el día a día son noticias cada vez más alarmantes”.
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Hagámosle el mejor homenaje posible a nuestra condición de salvadoreños, haciéndonos conscientes de lo que serlo significa

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Y no tuve vacilación en responderle: “Vos y yo hemos visto y seguimos viendo todo tipo de cosas en el país, pero hasta ahora lo que no hemos visto es que los salvadoreños tiremos la toalla”. Luego de tomarnos una copa de buen vino tinto español llegamos a coincidir en eso: que, a pesar de todas las adversidades habidas y por haber, los salvadoreños seguimos manteniendo el heroísmo cotidiano, que es superior a todos los otros heroísmos.

En verdad, de lo que se trata es de contar con un escenario anímico en el que sea posible montar e impulsar iniciativas personales y convivenciales que le den sentido a la presencia de cada quien en la circunstancia temporal que le toca vivir. Si somos una sociedad nacional, inevitablemente tenemos que identificarnos como una Patria; y si somos un presente en acción inevitablemente somos también un pasado que se ha movido en el tiempo. El punto clave está en hacernos conscientes, con todas las consecuencias que eso trae consigo, de que como individuos y como nación estamos en el deber de construir conciencia de destino, para no sentir que sobrevivimos a la deriva o aleteamos en el vacío.

Vivir aferrados a la fragmentación interna, como ha ocurrido entre nosotros desde que se tiene memoria nacional, es una aberración que se paga cada vez a más alto precio. Nuestra factura mayor fue la guerra, que intentó llevar la división interna al plano de la fractura histórica irreversible. La Providencia impidió que eso ocurriera, y así pudimos darle vida a una solución política eminentemente pacificadora. Quedó entonces una tarea por hacer, en función de aquel logro insospechado: construir democracia que no fuera un simulacro sino una realidad. En esa misión estamos embarcados desde hace ya un cuarto de siglo, y asegurar que las piezas del rompecabezas histórico vayan quedando en su puesto de forma definitiva es la responsabilidad que nadie puede eludir sin consecuencias.

Tal como se van presentando las circunstancias en esta fase de nuestra evolución nacional, lo primero que se tendría que tener suficientemente claro es qué significa ser salvadoreños conforme a las demandas y a las posibilidades del presente. Aunque no se plantee así en ninguno de los enfoques del momento actual, la salvadoreñidad como concepto y como responsabilidad es factor de base que se va volviendo cada vez más determinante de nuestra suerte en lo que se vive y en lo que viene. Esto quiere decir que revalorar la pertenencia es una exigencia viva de los tiempos.

La misión por cumplir es de naturaleza eminentemente constructora, porque se trata de definir nuestra condición nacional desde sus cimientos. Como nunca antes en nuestro desenvolvimiento evolutivo, el requerimiento de saber y sentir a fondo lo que somos se hace valer con apremio tan inesquivable. Para que esto se pueda realizar en la medida apropiada es fundamental que los liderazgos nacionales dejen atrás todas sus tentaciones infantiloides y se animen a ejercer la madurez debida.

Aunque la pertenencia nacional tiene sus raíces más profundas en el ámbito anímico, en ningún momento hay que dejar de lado los componentes socioeconómicos de la misma. Cuando la realidad externa se vuelve agresora permanente de las condiciones de vida de las personas, tal situación se hace crecientemente autodestructiva por diferentes vías y con diversos matices. Es lo que ha pasado entre nosotros, y es lo que hay que revertir de inmediato. La labor, pues, es compleja y desafiante, y por eso mismo ya no admite ningún tipo de demora.

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