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Cristian Villalta

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Primero se lleva a las ratas para ahogarlas en el río Weser, al son de unos hermosos bemoles; cuando los habitantes deciden no pagarle por haberlos librado de aquella plaga, el extraño regresa con su flauta y 130 niños del pueblo lo siguen hipnotizados para nunca más volver.

La narrativa corta es seductora. ¿O a poco ustedes no tienen amarrado a sus recuerdos el temor, la desazón y el alivio de nuestra niñez al escuchar uno de esos cuentos en los que brujas pavorosas perseguían a los desobedientes hijos de un pobre leñador? Cuando se revisita esas lecturas, es imposible no sobrecogerse: la bruja de Hansel y Gretel era caníbal, el corazón del Príncipe Feliz es tirado a la basura junto al cadáver de la golondrina, y el lobo se come a Caperucita, al menos en la versión de Charles Perrault que luego los Grimm corrigieron, sentimentalones.

Sí, el de los cuentos es un mundo primario, en blanco y negro, fácil de entender, el máximo bien contra el máximo daño, de gran utilidad pedagógica, memorable en la psiquis infantil. En contraste, el mundo adulto está saturado de gris e incluye verdades indiscutibles, mentiras que distraen, horrores que se vuelven rutina.

El mundo de los grandes parece tratarse de todo menos de la esperanza. Es que hay verdades dolorosas con las que es imposible dormir. La injusticia repetida, que no todos valemos lo mismo, o que hay historias de pecado, despojo y violencia sin moraleja, crímenes sin castigo, una tierra a la que ni el llanto ha vuelto fértil.

Por eso, nuestro primer reflejo es mirar hacia la luz, aunque sea artificial; seguimos temiendo a la oscuridad.

En nuestro país, no hace un mes que unas personas asumieron el poder con la promesa de acabar con la oscuridad, o al menos con la versión de ella que se llama corrupción: es que tres de nuestros últimos cuatro presidentes fueron acusados de delitos contra la gente, de robarse dinero que era nuestro, de volverse rateros.

Si lo estamos contando, si lo sabemos, si procesarlos fue posible se debió entre otras cosas a que declararon de buenas a primeras el patrimonio con que entraban al gobierno. No lo hicieron porque quisieran sino porque es una obligación de ley, precisamente una protección contra los ladrones.

Tristemente, a los nuevos funcionarios esta obligación les parece irrelevante. El presidente todavía no lo hecho, tampoco la mayoría de los ministros. Esta semana, el vicepresidente ha hablado de la lucha contra los corruptos con un entusiasmo contagioso, pero a él tampoco le ha quedado tiempo de cumplir con su obligación constitucional.

¿Cómo es posible que actúen con esa incongruencia chabacana y aun así nos saluden viéndonos a la cara?

La frescura de los nuevos señores es posible porque somos unas gentes muy distraídas. Hemos convivido con la mentira muchos años, algunas veces nos la creímos, quizá las más de las veces. Pero hoy, no solo es que nos están inundando de cuentos; hemos perdido el apetito por la verdad.

Es posible también porque al ser depósito de su esperanza, muchos ciudadanos creen que a los funcionarios de la nueva ola debe disculpárseles todo, incluso las ilegalidades. Su cuento es poderoso y seductor solo si no hay interrupciones, no digamos las de la crítica, ni siquiera las que nacen de la más natural curiosidad.

De la mía, de mi curiosidad, solo una pregunta para Bukele y Ulloa. ¿Dónde estaban ustedes la última vez que un presidente nos robó? Esas historias comenzaron con un salvadoreño creyéndose la excepción.

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