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Hay derechos fundamentales que hay que asegurarle al ser humano desde su llegada a este mundo

En su obra “Volver a la razón”, el filósofo argentino Ricardo Maliandi nos recuerda que “La libertad, la justicia y la paz son los tres primeros conceptos que se mencionan en la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas.
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Son también el hilo conductor de esa Declaración. Aluden sin duda a tres grandes ‘desiderata’ (conjunto de las cosas que se echan de menos y se desean) de la humanidad, y nadie en su sano juicio debería dejar de apoyar su prosecución por todos los medios disponibles. Nadie ignora, por otra parte, que estos ideales son en extremo difíciles de alcanzar, sobre todo a consecuencia de los muchos intereses egoístas que rigen la conducta humana”.

En efecto, la libertad, la justicia y la paz son factores insustituibles para garantizar un auténtico desarrollo humano, en todos los sentidos y expresiones del mismo; y, por ende, un sano ejercicio evolutivo tiene que ponerlos en la primera línea de las garantías tanto individuales como colectivas. Desde que nace, y aun antes de nacer, la persona es sujeto de derechos elementales, que hay que garantizar en forma plena y constante. En la base está el derecho a la vida; es decir, el derecho a las seguridades básicas, como la seguridad de respirar, la seguridad de alimentarse, la seguridad de abrigarse, la seguridad de sentirse seguro y protegido en toda forma...

Dichas seguridades son el sustento de la paz, de la libertad y de la justicia que cada ser humano requiere para emerger y crecer como tal. Son derechos inherentes a la condición del ser, que representan una especie de vivero de otros derechos, también esenciales, como el derecho a pensar, el derecho a soñar, el derecho a creer, el derecho a compartir, el derecho a superarse... De toda esta enumeración, que desde luego no es ni podría ser exhaustiva, se desprende una conclusión natural: todos nos hermanamos en los sustratos más profundos, aunque los matices diferenciadores sean tan variados.

Enfoquémonos en tres derechos: el derecho a pensar, el derecho a soñar y el derecho a compartir. El derecho a pensar es la fuente originaria de toda expresión creativa, de la naturaleza que sea. Pensar es una función natural y espontánea, que no tiene cauces predeterminados. Igual piensa el filósofo en su gabinete recogido que el labrador en su faena al aire libre. Los resultados pueden ser muy distintos, pero la función es la misma. Y entonces, de lo que se trata es de que el pensamiento de cada quien tenga las adecuadas rutas de salida. La educación formal hace desde luego lo suyo, pero la educación de la cotidianidad abierta también hace lo suyo. Hay que dejar que el pensamiento, de quien sea y de donde sea, despliegue sus propias alas.

Íntimamente vinculado con el derecho a pensar va el derecho a soñar. Potenciar y propiciar esa alianza virtuosa es una de las misiones fundamentales de la convivencia bien entendida y asumida. Pensar y soñar son las dos alas del destino. Y para que eso se consume de veras es indispensable incorporar el término libertad. Pensar libremente, soñar libremente. Es decir, la sociedad como ente aglutinador está en el constante deber de asegurar que todos sus integrantes puedan pensar y puedan soñar sin ahogos estructurales ni sofocos anímicos. En las condiciones actuales de nuestro país esto no se garantiza ni se logra, porque todo lo que pasa en el ambiente y en sus entornos atenta contra tales derechos esenciales.

El derecho a compartir es lo que en términos bastante más manipulados se conoce como “justicia social”. El hecho es que la sociedad como tal, independientemente de cuál sea, es un terreno compartido, y debe serlo así en todos los sentidos. No se trata de imponer repartos artificiosos, como los que se ven en los fallidos sistemas totalitarios de corte populista, sino de habilitar y mantener habilitadas las vías de acceso hacia las oportunidades para todos. Que cada quien se desarrolle como quiera, teniendo a la mano los instrumentos para hacerlo. Tal posibilidad debe ser siempre compartible, para que el progreso pueda funcionar de veras como tal. Hacia ahí tienen que apuntar creativamente todos los esfuerzos evolutivos.

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