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Hay, en el mundo, una nostalgia por lo bello

Construir un lugar que sea un foco de espiritualidad, donde recobrar el ánimo, elevar el alma a Dios y robustecer la esperanza.

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P. Fernando Gioia, EP

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El alma humana ve, de modo intuitivo, una relación indisociable entre el bien, la verdad y la belleza. La experiencia de evangelización de los Heraldos del Evangelio ha confirmado esa realidad. La belleza en la celebración de la liturgia, en los ornamentos, del canto sacro y de las construcciones, arrebata las almas para Dios, da estímulo para abandonar las vías del pecado y progresar en la virtud.

Estamos convencidos de que los ambientes tienen una influencia mucho más profunda de lo que se piensa sobre la mentalidad del hombre; ejercen una acción, predisponiendo el alma para el bien o para el mal.

Fue lo que ocurrió en el medioevo con la elaboración del gótico, de los vitrales dando luz y color, del policromado de techos y paredes, de bellas imágenes y de tantos otros elementos, con vistas a crear un ambiente favorable a lo sobrenatural. No era su único objetivo el maravillar, había un mensaje, una catequesis, a través de lo bello. Por eso se decía que "los vitrales eran la Biblia de los pobres", considerando que, en aquellos tiempos en que no existía la imprenta, eran como libros.

Plinio Corrêa de Oliveira, que desarrolló mucho esta teoría del efecto de los ambientes en las almas, comentaba: "En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre las formas, colores, sonidos, perfumes, sabores de un lado, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se pueden influenciar a fondo las mentalidades e inducir a las personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario".

Hoy vemos a las almas atropelladas por ambientes paganizados, marcados por lo profano, en que lo bello no está presente; fenómeno de desacralización que penetró, no solo en el orden temporal, sino también en el orden espiritual.

Como vemos, el arte es, y debe de ser, un medio excepcional, por su profunda y suave influencia, para colaborar "lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios" (Sacrosanctum Concilium, 122). Cuando manifiestan la belleza, elevan las almas, impactan en los corazones, abren un camino de reflexión y espiritualidad.

No se debe caer en la equivocada conclusión de evitar lo que sea artísticamente bello porque es más costoso, y optar por lo feo, que dará menos gastos; argumento, este último, bastante discutible. De ahí que algunos propongan cualquier lugar, menos noble y apropiado, menos bello, apenas un galpón, un mero tinglado, como apto para una celebración. Así, la "domus ecclesiae" (donde se congrega el pueblo para alabar a Dios) deja de ser un lugar sacral, pasando a ser un lugar profano, simple; lo importante es que sea útil, práctico, concluyen. Dejar de ser bello para ser funcional, lo consideraba el cardenal Ratzinger –hoy papa Emérito Benedicto XVI– como un "empobrecimiento que se manifiesta allí donde se desprecia la belleza, y el hombre se somete solo a lo útil" (Informe sobre la Fe, p. 141).

Autores cristianos, como otros muy próximos al cristianismo, plantearon la urgencia de salir de la situación de un mundo completamente paganizado, abandonado a la concupiscencia y caído en la tristeza, a través de la belleza. La belleza, esa armonía, proporción y orden que llega por los sentidos, medio de comunicación del ser humano con lo que lo rodea.

Los hombres de hoy, intoxicados de los ritmos modernos, sufren un adormecimiento en sus almas. La "secularización", que vivimos hace décadas, ha ido produciendo una disminución de la sensibilidad religiosa. Es indispensable incentivar el aprecio por la belleza, pues, el alma humana fue hecha para la belleza que lleva a Dios. Lo bello participa de algún modo en la belleza de Dios.

San Juan Pablo II calificaba a los artistas como "geniales constructores de belleza", en la búsqueda de "nuevas epifanías de la belleza", para ofrecerlas al mundo. Insistía que, en los días de hoy, hay una "nostalgia del hombre por lo bello" (4-4-1999).

La belleza a través del arte es un mensaje de colores, formas y sonidos. No dejemos de prodigarla. Porque, como aseveraba Benedicto XVI, en sus tiempos de cardenal: "El encuentro con la belleza puede ser el dardo que alcanza el alma e, hiriéndola, le abre los ojos hasta el punto de que entonces el alma, a partir de la experiencia, halla criterios de juicio y también capacidad para valorar correctamente los argumentos" (29-4-2005).

Es lo que los Heraldos del Evangelio hacen al construir sus bellas iglesias, abrir en la tierra una ventana hacia el Cielo, para que los hombres y mujeres, dominados por la opresión del pecado y del demonio, puedan liberarse de esa tiranía y volar por el cielo de la gracia divina, respirar el aire puro de lo sobrenatural y desear el convivio con los ángeles, es decir, unir el Cielo con la tierra. Ya tenemos un enclave del Cielo en nuestro país donde se levanta la Ermita en honra de Nuestra Señora de Fátima, sobre el bulevar Constitución, kilómetro 8, indicando que ese terreno es dominio de Ella, y que allí establecerá su imperio maternal sobre las almas.

Este lugar, en que se levantará el Centro Mariano en honra de Nuestra Señora de Fátima, tendrá como corazón del proyecto una iglesia en estilo gótico policromado, de la cual derivarán los demás edificios. Será un foco de espiritualidad, donde Dios, por medio de Su Santísima Madre, pueda derramar abundantes gracias y bendiciones a sus hijos, en el que puedan recobrar el ánimo, elevar el alma a Dios y robustecer la esperanza. No deje de ser parte en este maravilloso proyecto.

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