Hay muchas incertidumbres instaladas en el ambiente, y eso hace imperioso que todas las acciones institucionales tengan claridad y eficiencia

El sentimiento de desconfianza va ganando cada vez más terreno en el ambiente, como lo vienen mostrando de manera sistemática las diferentes encuestas de opinión.
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El tema de la incertidumbre ha venido tomando cada vez más presencia perturbadora en el escenario nacional, con los efectos y consecuencias que tal sensación trae consigo. En ningún momento o circunstancia hay que perder de vista que sin una adecuada base de certidumbre es imposible mover las energías de la realidad hacia los propósitos del progreso. Y tal certidumbre sólo puede comenzar a manifestarse como un dato confiable si operan al mismo tiempo y en sintonía positiva tanto las actitudes como las decisiones, sobre todo cuando se trata de puntos vitales para el desenvolvimiento auspicioso de la dinámica nacional, que viene teniendo tantas trabas y trastornos de recorrido.

El sentimiento de desconfianza va ganando cada vez más terreno en el ambiente, como lo vienen mostrando de manera sistemática las diferentes encuestas de opinión. Frente al actuar de las instituciones, la ciudadanía muestra reservas crecientes; y algunas como la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo Electoral y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos reciben notas que van en descenso. Y este tema de la desconfianza frente a la institucionalidad tendría que pasar al primer plano de las preocupaciones de quienes están al frente de las responsabilidades institucionales, porque no se puede funcionar de manera eficiente si lo que existe son recelos y reservas alrededor.

Se tendría que partir del imperativo de poner completa claridad en lo que se proponen las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales. Si algo está causando estragos de inseguridad en la atmósfera nacional es la nebulosa que envuelve las líneas de acción de las diferentes fuerzas. En plano político esto es absolutamente notorio, pues en los partidos no hay una definición actualizada de sus idearios básicos, de acuerdo con las circunstancias que va trayendo la evolución. Hay declaraciones partidarias que responden más a propósitos de consolidación de poder interno que a análisis desapasionados de la realidad; y eso confunde aún más las percepciones ciudadanas y dificulta aún más los esfuerzos para obtener beneficios de nación.

Al tema de la claridad va vinculado interactivamente el tema de la eficiencia. Este último viene haciéndose punto de reclamo apremiante, especialmente desde la sociedad civil. Y es que ante una problemática como la que padecemos ya no valen evasivas ni conformismos de ninguna índole. Hay que entender, por supuesto, que las cosas nunca se resuelven de manera mecánica, como imaginan los improvisadores que ya lo son por costumbre, aunque la realidad les diga todo lo contrario a cada paso; pero lo que siempre se requiere, sin excusa ni pretexto, es que los tratamientos practicados vayan en línea con las soluciones factibles. Y que los empecinados en la idolatría ideológica se convenzan de una vez por todas de que se ponen sus propias trampas que acaban inmovilizándolos.

En el país, el déficit de eficiencia institucional se ha vuelto crónico porque no ha habido, en la medida de lo pertinente, claridad de metas ni disciplina de propósitos ni método de seguimiento. No es casual, entonces, que los sucesivos Planes de Gobierno sean cúmulos de propuestas que nunca toman verdadero puesto en el campo de lo real. Tenemos que reeducarnos en todos estos aspectos, para que no se siga desperdiciando tiempo irrecuperable.

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