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Hay muchas tareas pendientes en lo que toca a la modernización, pero también hay que reconocer los avances logrados

Debemos buscar que lo político funcione, que lo cultural renazca, que lo social fluya, que lo económico fructifique.

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David Escobar Galindo

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Uno de los aspectos más significativos de lo que viene ocurriendo en prácticamente todos los ámbitos de la realización nacional es el que se refiere a la creciente incidencia de la voluntad ciudadana en el quehacer nacional, en forma a la vez crítica y reveladora. Es dicha voluntad la que viene empujando las distintas iniciativas que están hoy sobre el tapete en la búsqueda de replanteamientos renovadores tanto en las áreas públicas como en los ámbitos privados. Al indagar en el tiempo sobre la fuente de este nuevo modo de encarar nuestra realidad multifacética y pluridimensional, lo que va quedando más a la vista es el hecho de que la democracia se hace sentir cada vez más, y no sólo en sus aspectos formales sino principalmente en sus expresiones sustanciales.

Cuando mencionamos la realidad pluridimensional estamos trayendo a la mesa un concepto que con irresponsable frecuencia se deja al margen de las evaluaciones acostumbradas, cuando se trata en verdad de un elemento vital en los hechos, que debe ser básico en cualquier enfoque que se proponga ir hasta el fondo de los hechos. Y eso es así aún más en esta época en que la transversalidad tiene connotación insoslayable. No se podría hablar en serio de una modernización que asuma su rol a plenitud si se sigue viendo el panorama nacional como una suma de piezas sueltas. Por el contrario, lo que ahora tenemos es un mosaico multicolor que no admite percepciones parcializadas: todo es uno desde cualquier ángulo que sea vea.

Estaría fuera de realidad cualquier percepción que dejara por fuera esa característica básica que venimos señalando: el imperativo de integración de los enfoques, de articulación de los tratamientos y de conjugación de las soluciones. Por consiguiente, lo que hoy se impone es considerar todos los factores en juego, desde los que se tienen como más cercanos hasta los que parecieran más distantes, porque en definitiva nada debe quedar fuera para que las conclusiones sean lo que tienen que ser: ejercicios de comprensión plena de los fenómenos que se van manifestando en el día a día. Esto hay que tomarlo como una norma sin alternativas.

Y en tal sentido, se hace insoslayable apreciar los hechos tal como son, con sus fallas y sus aciertos, en función de ir sacando al país adelante, con lo que lleva hecho y con lo que tiene por hacer. Es dentro de dicha lógica que nos pronunciamos por sacar conclusiones completas de lo que ya está cumplido, de lo que se halla en proceso de realización y de lo que falta totalmente por hacer. Frente a lo primero es ineludible reconocer que los salvadoreños hemos logrado avances progresivos en las recientes décadas, tanto en lo político como en lo institucional y en lo socioeconómico.

Lo más complejo y dificultoso ha sido la modernización de las mentalidades, muy específicamente en la dimensión política, que es donde el poder se juega. Ahí estamos verdes aún, sobre todo en lo que toca a las actitudes. En consecuencia, el cambio más urgente empieza por ahí. Hay que modernizar constructivamente las conductas políticas en todas sus expresiones, tomando en debida cuenta que si no se da ahí un cambio fundamental, seguiremos en las mismas.

De seguro el avance modernizador más significativo y representativo consiste en el reposicionamiento de la ciudadanía como el sujeto principal de la movilidad democrática y democratizadora. Con sólo ese cambio tendríamos un salto de calidad realmente esencial. Estamos ya, entonces, en línea con lo que la Constitución establece. El protagonismo ciudadano ya no tiene vuelta atrás.

Pero lo que a todas luces continúa faltando es un plan integral de modernización en todas las áreas del quehacer público, para que desde ahí se irradie hacia todos los otros componentes de nuestra realidad. Porque una modernización parcial termina por imposibilitarse a sí misma, con lo cual se estaría trabajando sin brújula.

Debemos buscar que lo político funcione, que lo cultural renazca, que lo social fluya, que lo económico fructifique. En otras palabras: que el país consolide su rumbo hacia el aprovechamiento de todas sus potencias.

Estamos en un momento en el que hay un relevante cruce de perspectivas en el más positivo significado de dicho término. Y no nos cruzamos para chocar sino para crecer.

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