Hay que abajarse, como Jesús en la cruz

Hemos entrado en la Cuaresma, tiempo fuerte de penitencia, como nos sugiere la Iglesia. Por eso, el Santo Padre Francisco nos invitaba en una de sus homilías y nos animaba a abajarnos, como hizo Jesús en la Cruz.
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La Biblia nos dice que el maligno “es mentiroso, es envidioso, porque por la envidia del diablo, de la serpiente, entró el pecado en el mundo”. Y esta capacidad de seducción nos arruina: Nos promete tantas cosas pero a la hora de pagar paga mal, es un mal pagador. Pero tiene esta capacidad de seducir, de encantar.

San Pablo se enoja con los cristianos de Galia que le han dado tanto trabajo y les dice: Pero, necios Gálatas, ¿quién los ha encantado? A ustedes, que han sido llamados a la libertad, ¿quién los ha encantado? Y a estos los ha corrompido la serpiente. Y esta no es una cosa nueva, estaba en la conciencia del pueblo de Israel.

Detengámonos ahora a considerar el hecho de la petición de Dios a Moisés de hacer una serpiente de bronce para que quien la mirara se salvara. Se trata de una figura, pero también de una profecía, es una promesa, una promesa no fácil de entender porque el mismo Jesús explica a Nicodemo que “así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, de la misma manera debe ser levantado el Hijo del hombre, para que quien crea en Él tenga la vida eterna”. Aquella serpiente de bronce era una figura de Jesús elevado sobre la Cruz:

Pero, ¿por qué el Señor ha tomado esta figura? Sencillamente porque Él ha venido para tomar sobre sí todos nuestros pecados y Él se ha convertido en el pecador más grande sin haber cometido ningún pecado. Y San Pablo nos dice: ‘Él se ha hecho pecado por nosotros’, y retomando la figura de la serpiente, Él se ha hecho serpiente. Él se ha hecho pecador para salvarnos del pecado y del infierno.

Dios se ha hecho hombre y se ha asumido el pecado. Y San Pablo explica a los Filipenses este misterio: “Aun siendo en la condición de Dios, Jesús no consideró un privilegio ser como Dios sino que se despojó a sí mismo, asumiendo una condición de siervo, llegando a ser semejante a los hombres; se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte en la Cruz”.

Cuando miramos a Jesús en la Cruz –hay bellos cuadros, pero la realidad es otra–: estaba todo ensangrentado por nuestros pecados. Este es el camino que Él ha tomado para vencer a la serpiente en su campo. Mirar la Cruz de Jesús, pero no aquellas cruces artísticas: mirar la realidad, lo que era la cruz en aquel tiempo.

Y mirar su recorrido y a Dios, que se aniquiló a sí mismo, se abajó para salvarnos.

Este también es el camino del cristiano. Si una persona quiere ir adelante por el camino de la vida cristiana debe abajarse, como se abajó Jesús. Es el camino de la humildad, sí, pero también el de llevar sobre sí las humillaciones como las ha llevado Jesús.

Acudamos a Nuestra Madre la Virgen para pedirle que nos ayude a parecernos cada vez más a su Hijo Jesucristo: que aprendamos a ser humildes de verdad, con obras, para parecernos a Él y merecer alcanzar un día el premio del Cielo que el Señor nos tiene preparado, si somos fieles, cristianos completos, de una sola pieza, como han sido los santos que ahora gozan de Dios, para siempre. Su ayuda poderosa no nos faltará nunca.

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