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Hay que abrirle espacios a la inversión porque sólo así se podrán visualizar los horizontes del desarrollo

Si dicho crecimiento no se produce en la proporción y con el ritmo adecuados, no hay asistencialismo que valga, y más bien las caricaturas demagógicas van complicando las cosas en forma incontrolable. Esto se ha visto en todos los países en que se han implantado regímenes que se proponen anular la participación privada en pro de una hegemonía estatista...
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Hay que abrirle espacios a la inversión porque sólo así se podrán visualizar los horizontes del desarrollo

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Está claro, fuera de toda duda, que nuestro crecimiento económico ha sido insuficiente, ya en forma endémica, para responder a la necesidad básica de ir mejorando las condiciones de vida de todos los salvadoreños, haciendo así que la prosperidad se convierta en un beneficio normal en el ambiente. Al ser así, los salvadoreños nos venimos moviendo desde siempre en la inseguridad generadora de insatisfacciones, incertidumbres y descontentos, de la cual se ha aprovechado la delincuencia y por la cual los impulsos migratorios vienen siendo cada vez más irresistibles. Nada de esto habría tomado las dimensiones que ahora presenta si las oportunidades de superación personal y de convivencia pacífica hubieran funcionado como se debe.

Todas las evidencias cotidianas apuntan al hecho incuestionable de que sólo si hay crecimiento económico sustancial y sostenido puede haber estabilidad financiera, gobernabilidad efectiva y mejoramiento real de las condiciones sociales. Si dicho crecimiento no se produce en la proporción y con el ritmo adecuados, no hay asistencialismo que valga, y más bien las caricaturas demagógicas van complicando las cosas en forma incontrolable. Esto se ha visto en todos los países en que se han implantado regímenes que se proponen anular la participación privada en pro de una hegemonía estatista que a todas luces no tiene futuro y que genera estancamientos y retrocesos altamente perjudiciales.

Lo que la racionalidad histórica recomienda, sin alternativas posibles, es potenciar y estimular el crecimiento económico, haciendo que la inversión crezca, se diversifique y se ponga a tono con las realidades actuales, y abriendo desde ahí los espacios de superación que tengan la capacidad y la viabilidad para irse consolidando en el tiempo. En esa línea, iniciativas como la que acaba de presentar el Gobierno con miras a la creación de Zonas Económicas Especiales, para empezar en 26 municipalidades de la región suroriental del país, deberían ser desarrolladas en serio, sin sesgos de interés político, y con todos los componentes institucionales, administrativos y sociales que les permitan volverse focos de crecimiento.

En el país hay que abrirse sin reservas a la modernización productiva, en función de una competitividad de última generación, y para ello es indispensable trascender cualquier enclaustramiento ideológico y dejar de lado toda conflictividad artificiosa. En otras palabras, lo que se impone como tarea propiciadora de una nueva proyección de desarrollo es limpiar la mesa de todas las concepciones y percepciones obsoletas, a fin de que los diversos actores nacionales, comenzando por los actores políticos, entren en la línea de la racionalidad pragmática para habilitar así las verdaderas dinámicas del progreso.

Estamos en un momento de definiciones y de redefiniciones en prácticamente todas las áreas del quehacer nacional, y esto hay que asumirlo como una responsabilidad histórica a la que nadie puede escapar con argumentos legítimos. El presente y el futuro se hallan hoy más enlazados que nunca, lo cual acarrea un deber de efectividad que está por encima de cualquier diferencia.

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