Hay que activar el presente y planificar el futuro en vez de seguir atascados en el pasado

No es momento para ahondar y envenenar las diferencias, más de lo que ya están: por el contrario, se trata de recoger responsablemente todas las lecciones del pasado, sin distingos de ninguna índole, para activar el presente y planificar el futuro en forma integrada y efectiva.
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El caso de los militares perseguidos por el crimen de los padres jesuitas y sus colaboradoras ocurrido en 1989, en el marco de la llamada Ofensiva hasta el Tope que lanzara el FMLN en guerra el día 11 de noviembre de aquel año, sigue creando serias perturbaciones en el ambiente, pese a que ya hay decisiones al respecto, provenientes de la justicia salvadoreña y de la aplicación de la amnistía correspondiente. El tema es hoy la petición de extradición proveniente de España, donde se busca enjuiciar a los presuntos implicados; y esto tiene en sí una paradoja sin explicación, porque España es justamente el mejor ejemplo de cómo se cierra el pasado con llave intocable, pues allá los múltiples crímenes de la Guerra Civil y del largo y oscuro período de la dictadura franquista se pusieron bajo una lápida de silencio, y si no que lo diga el famoso juez Garzón, que por intentar levantar la lápida fue sacado del sistema.

En verdad los salvadoreños tuvimos que sufrir innumerables vejaciones y crímenes de la más variada índole durante la preguerra y en el curso de la guerra. Si se hace un recuento desapasionado de las víctimas en todo aquel prolongado período el número que resulta es muchísimo más grande que el que se airea por parte de sectores interesados en mantener viva la memoria parcial. Fue ese enorme cúmulo de culpas el que impulsó a cerrar capítulos de persecución para pasar a otra época cuando se dibujó el esquema de posguerra, en el que todos los actores tenían que participar. Hubo, sin embargo, juicios específicos, como el referente al macabro crimen de los padres jesuitas, y la justicia en su momento dio su veredicto.

No se trata de abrir o de cerrar heridas de la guerra, porque dichas heridas sólo las cura el tiempo haciendo que las víctimas puedan hacer su propio proceso sanador. Conocer la verdad es siempre un factor de gran significado, sobre todo con el fin de nunca más repetir las trágicas experiencias ocurridas. Y en cuanto a la justicia, ésta puede ser aleccionadora siempre que se aplique a todas las acciones criminales, sean quienes fueren los que las hubieren cometido. El sesgo diferenciador, que señala a unos y silencia a otros, es lo que más desnaturaliza la lección posible.

Nuestro país se encuentra en un momento de grandes desafíos históricos, marcados por la complejidad de la problemática que nos atañe y nos afecta a todos, sin excepción. No es momento para ahondar y envenenar las diferencias, más de lo que ya están: por el contrario, se trata de recoger responsablemente todas las lecciones del pasado, sin distingos de ninguna índole, para activar el presente y planificar el futuro en forma integrada y efectiva. Las tareas por hacer son ingentes y de alta intensidad, y por ende se requiere que la atmósfera nacional sea cada vez más propicia para que dichas tareas puedan desplegarse con la consistencia y con la sostenibilidad que son indispensables para garantizar el progreso real del país en todos los órdenes.

Dice la sabiduría popular que no hay mal que por bien no venga; y en ese sentido, el incremento de la tensión política producido en días recientes debe mover voluntades hacia una verdadera distensión que allane el terreno para que el espíritu de pacificación constructiva tome impulso. En una reunión entre el presidente de la República y los partidos políticos luego de la captura de algunos de los señalados en el caso jesuita se ha dibujado un ambiente que parece ir en esa línea distensionadora. Ojalá que de veras sea así para bien del proceso nacional en marcha.

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