Hay que aplicarle el debido cuidado a nuestra vulnerabilidad económica y fiscal

Las necesidades tanto de carácter institucional como de naturaleza social siguen aumentando, y eso agrava las cosas, porque los gobiernos de turno se enfocan en dos sentidos: el incremento tributario y el endeudamiento constante.
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No se necesita ser especialista para tomar conciencia de que la situación económica actual del país no responde a lo que se requiere para asegurar paz social, estabilidad en el sistema y desarrollo progresivo. Esto no es de ahora, y por consiguiente ya nadie podría sentirse sorprendido de los datos que arroja al respecto la misma realidad en proceso. Basta comparar lo que en tal sentido estamos experimentando los salvadoreños con lo que se da en los países del entorno inmediato para tener evidencia irrefutable de que estamos en condición deplorable, y de que las recetas tradicionales ya no pueden ser útiles en ningún sentido para encarar la problemática que nos aqueja.

Nos encontramos enredados en una inoperancia económica y en un trastorno fiscal que van de la mano. Las necesidades tanto de carácter institucional como de naturaleza social siguen aumentando, y eso agrava las cosas, porque los gobiernos de turno se enfocan en dos sentidos: el incremento tributario y el endeudamiento constante. Ambos se convierten en trampas si no se manejan conforme a su naturaleza propia y a las condiciones reales del país. Lo más riesgoso de todo es que una vez que las decisiones se deslizan sistemáticamente por esos dos toboganes resulta cada vez más difícil recuperar los procedimientos sensatos.

En cualquier parte del mundo es comprobable que hay que tener un cuidado muy fino a la hora de imponer tributos, porque el eventual impacto sobre el desenvolvimiento económico puede ser de alta intensidad desactivadora. Y en cuanto al endeudamiento, los ejemplos traumáticos están a la vista aun en países que supuestamente tenían experiencia en el sano manejo de sus asuntos, como son algunos países europeos desarrollados. En los años más recientes ha quedado demostrado una vez más como verdad irrefutable que la prosperidad no es patrimonio de nadie, sino efecto benéfico de hacer las cosas bien, con sensatez y con disciplina.

Los temas del endeudamiento público y del déficit fiscal son insoslayables si se busca hallar salidas hacia el crecimiento sostenible. Con una deuda que ya supera el 60% del PIB y con un déficit que ronda el 4% del PIB, las condiciones de vulnerabilidad son realmente preocupantes, y siempre a punto de ser alarmantes. Por otra parte la brecha del PIB se mantiene en el plano negativo; es decir, que El Salvador sigue creciendo muy limitadamente por debajo de su potencial. No hay duda de que hay que activar los motores de la economía y hay que reordenar el gasto público. Lo primero exige visión desprejuiciada para generar estímulos privados adecuados, y lo segundo requiere disciplina que esté razonablemente por encima de los intereses políticos coyunturales.

En lo que a las políticas y a las acciones de gobierno se refiere, lo más determinante es ceñirse a criterios de realidad y no continuar atados a la búsqueda de réditos de imagen. Independientemente de las líneas ideológicas de los partidos, y en particular del que ahora está al frente de la conducción nacional, hay que poner los pies sobre la tierra, para poder caminar consistentemente sobre terreno firme. Es urgente aumentar la inversión privada y posibilitar así la inversión pública. Ahora no tenemos cómo hacerle frente a ninguna contingencia de crisis, y eso es vivir con el alma en un hilo.

Pretender estar en el endeudamiento continuo y querer rascar fondos de donde ya no se puede son recetas para el desastre. Evitémoslo en forma consecuente e integrada.

Tags:

  • endeudamiento
  • deficit fiscal
  • impuestos
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