Hay que apoyar a la gente, y sobre todo a los más jóvenes, para que haya progreso real

Los jóvenes del presente son, en términos generales, bastante menos dependientes de las voluntades de sus mayores, y aunque el consumismo y la tecnología comunicativa los mantengan atrapados en múltiples formas, su vocación de independencia anticipada se hace cada vez más notoria.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Una de las distorsiones más comunes en el mundo actual es la que encarna en lo que se conoce como populismo; es decir, la utilización de las necesidades que se dan en prácticamente todas las sociedades, y en particular en las que se hallan menos desarrolladas, como instrumentos para obtener ganancias de imagen política. Durante mucho tiempo, el imaginario del socialismo se erigió en la pancarta mayor de las llamadas “transformaciones liberadoras”, y quedan aún muchos anhelos enchufados en esa concepción disfrazada de utopía. Figuraciones como las del llamado Socialismo del Siglo XXI, que se montaron en su momento en el despilfarro chavista que tiene crucificada a Venezuela, quisieron revivir las ficciones populistas, pero los hechos reales muestran, cada vez con mayor y más lacerante elocuencia, que el realismo bien fundado es el único llavero que permite aperturas sustentables.

Desde luego, el mejoramiento de las condiciones de vida de todos los salvadoreños, de sus familias y de sus comunidades debe ser un objetivo y un compromiso en el más amplio y profundo sentido de ambos términos; y eso nos pone ante una responsabilidad que no se agota ni sería legítimo que se agotara en los meros alivios de la precariedad prevaleciente. Dicha precariedad sólo se comienza a remediar de veras y en forma sostenible cuando cada individuo, cada familia y cada comunidad entran en fase de autorrealización constructiva. No se trata de descalificar la legitimidad de los aportes asistenciales específicos, como son las ayudas escolares, los subsidios en determinadas áreas y los apoyos alimenticios, pero sí se trata de ir más allá en la línea de la superación efectiva abriendo la compuerta de las oportunidades para que fluya el progreso en todos los sentidos. Esto último implica incidir de manera sensata y coherente en el cambio modernizador de las estructuras nacionales, sin caer en los riesgos financieros del asistencialismo imprevisor. Hacia ahí habría que apuntar de modo inequívoco.

Hay en el ambiente mucha retórica circulante sobre la forma de asumir las necesidades ciudadanas y sobre los enfoques sobre las mismas; y eso tendría que ser sustituido por un tratamiento que no esté emparentado con ninguna forma de demagogia, sino que se comprometa con la prosperidad en el auténtico sentido del término. Todo esto habría que empalmarlo con la lógica democrática, de tal manera que se habilite en las diversas áreas y facetas del ambiente una dinámica en la que los individuos y la sociedad interactúen de manera espontánea y sistemática para que el desarrollo se potencie de modo ininterrumpido. Y en todo este panorama tan poblado de matices y dificultades la suerte de los jóvenes es un factor de primer orden, que la misma realidad de los tiempos pone en sitio preeminente de cara al futuro, tanto el inmediato como el de más largo alcance.

Los jóvenes del presente son, en términos generales, bastante menos dependientes de las voluntades de sus mayores, y aunque el consumismo y la tecnología comunicativa los mantengan atrapados en múltiples formas, su vocación de independencia anticipada se hace cada vez más notoria. En tal sentido, la apertura de oportunidades lo más pronto posible muestra creciente apremio. Y tiene que ser un ejercicio de alta intensidad y de amplia gama, porque se trata de que todos los salvadoreños, y muy en especial los jóvenes, puedan escoger opciones de autorrealización, sea en el empleo o sea en el emprendimiento, dentro de la gama de opciones que se abren en este mundo globalizado.

El mejor apoyo que se le pueda dar a cualquier persona es el que se enfoca en eso que venimos caracterizando como autorrealización, ya que el mejoramiento más seguro es el que se fundamenta en las capacidades propias desarrolladas cuanto más se pueda. En una sociedad tan desajustada y conflictiva como la nuestra esto adquiere significado aún más trascendental, porque la gente tiene que hacer redoblados esfuerzos y aun sacrificios para plantearse la superación como un hecho realizable.

No es de extrañar, entonces, que los salvadoreños tengamos tanto temple y tantas agallas, si estamos rodeados siempre de circunstancias tan adversas e inhóspitas. El drama de la emigración es la mejor muestra de ello. En tal sentido, se hace aún más imperioso desarrollar el sentido humano como el valor superior de nuestra vida personal y comunitaria. Humanizándonos sentamos las bases del vivir en pleno.

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