Hay que aprender de la vida para que la historia no se convierta en una cadena de nudos

Lo ocurrido en el mundo y en nuestro país en el curso del siglo que va de 1917 a 2017 es una caudalosa sucesión de lecciones, que son mucho más accesibles que las lecciones del pasado anterior porque los recursos de comunicación se han venido volviendo cada vez más universales en todo sentido, y esto sobre todo desde que la llamada globalización entró avasalladoramente en el juego.

Enlace copiado
Hay que aprender de la vida para que la historia no se convierta en una cadena de nudos

Hay que aprender de la vida para que la historia no se convierta en una cadena de nudos

Enlace copiado

En 1917 se detonó la revolución bolchevique en la Rusia zarista, lo cual abrió un nuevo estado de cosas en el plano global, porque el hecho de que el marxismo-leninismo irrumpiera como una fuerza histórica que parecía imparable iba a producir un efecto perceptivo de irreversibilidad que se mantuvo vivo hasta 1989. Aunque bien vistas las cosas, lo que se abrió en todo aquel largo período no fue la lucha frontal entre la burguesía y el proletariado, sino el ejercicio confrontativo de los poderes organizados en ambas áreas de la realidad socioeconómica.

Lo que parecía impensable ocurrió: la Unión Soviética, cabeza del marxismo-leninismo, se disolvió como por arte de magia hace ya casi tres décadas; pero el capitalismo tradicional no resultó favorecido con tal disolución. Eso demuestra que en la vida los dos superpoderes máximos estaban haciendo un juego fantasioso; pero también demuestra que la realidad no había perdido su capacidad de ponerse por encima de ese juego cuando se dieran las condiciones para ello.

Ahora mismo, los factores reales están siendo alertados por los desajustes provenientes del desafortunado manejo de la globalización. Entre tales desajustes destacan situaciones como la resultante de la angustia autodefensiva por el auge global de las migraciones y como la que se plasma en las obsesiones separatistas o aislacionistas tan comunes en estos días.

A estas alturas se tendría que hacer una especie de balance analítico de lo que ocurre y de lo que podría ocurrir, a la luz de las experiencias que se aglomeran a nuestro alrededor. Y la experiencia más notoria e incuestionable es aquella que pone de manifiesto la inviabilidad de las soluciones radicales y absolutistas, independientemente del poder real de aquéllos que quieran ponerlas en práctica; y de igual manera son inviables las soluciones coyunturales u ocasionales para problemas permanentes. Estamos, más que nunca antes, en el campo abierto de la transversalidad, y eso significa que todo se comunica íntimamente con todo, y por consiguiente sólo una efectiva conciencia de que vivimos rodeados por una red de contactos posibles puede ponernos en condición de entender la realidad para saber administrarla.

Nuestro país, que estuvo por tanto tiempo hundido en la marginalidad, por la que ni siquiera teníamos rostro visible en el mapa de los campos de influencia de los grandes poderes, empezó a salir a la luz por obra y gracia (aunque en muchos sentidos por obra y desgracia) del conflicto bélico que fue tan notorio internacionalmente dentro de la “lógica” de la Guerra Fría; y eso tuvo un empujón decisivo hacia adelante cuando nuestra solución política del conflicto coincidió de manera casi inverosímil con las primeras aperturas de la globalización. Pero lo lamentable es que hasta el momento no parece que los salvadoreños nos hayamos dado cuenta de esta oportunidad histórica sin precedentes, que nos invita a desplegar en serio la productividad competitiva. Y aquí hay otra muestra de que somos tozudamente reacios a reconocer la realidad como es, tanto en lo positivo como en lo negativo.

La problemática del país se ha venido enredando cada vez más, y hoy estamos ante una gran cantidad de desafíos que se aglomeran en el día a día. Ninguno de esos desafíos es esquivable, lo cual convierte el quehacer nacional en un nutrido vivero de urgencias. Y la primera de esas urgencias tiene que ver con la responsabilidad. Si los salvadoreños no nos responsabilizamos de veras de nuestra misión como tales, todas las opciones de futuro se seguirán cerrando a nuestro alrededor. Eso es lo que hay que revertir de inmediato.

El Salvador tiene destino, y nadie debería desentenderse de tal realidad. Contribuir al mejor destino del país es entonces la forma más digna de hacer Patria.

Lee también

Comentarios

Newsletter