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Hay que aprovechar los buenos signos para seguir en un avance real

El Salvador tiene horizonte de futuro, hacia el que hay que avanzar en forma constructiva e integrada. Es lo que venimos subrayando desde siempre, para que las energías nacionales puedan iniciar la ruta de su revitalización.
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Hay que aprovechar los buenos signos para seguir en un avance real

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Nuestro país tiene grandes dificultades y múltiples retrasos en distintos campos de la actividad productiva y competitiva, y eso hace que haya desconfianza generalizada sobre las posibilidades de que las condiciones de vida mejoren de veras para los salvadoreños en general y sobre el avance sostenido en las áreas del desarrollo; sin embargo, cuando se da una señal positiva que viene a poner una nota alentadora dentro de ese panorama, hay que acogerla como un insumo para reconocer que, pese a todas las adversidades, El Salvador tiene horizonte de futuro, hacia el que hay que avanzar en forma constructiva e integrada. Es lo que venimos subrayando desde siempre, para que las energías nacionales puedan iniciar la ruta de su revitalización.

En estos días se ha producido una de esas señales alentadoras, que hay que acoger como un signo que merece ser analizado en forma crítica y a la vez estimulante. En el ranking Doing Business del Banco Mundial, El Salvador subió 22 puestos en comparación con nuestra posición anterior. Tal avance se produce, según lo que manifiesta el BM, debido a ciertas reformas modernizadoras que inciden en el clima de negocios, como las referentes a la mejora en los trámites para la construcción, a la diversificación de la matriz energética, a la facilitación del comercio transfronterizo y al pago electrónico de los impuestos. Este reposicionamiento hacia arriba en el ranking aludido nos ubica en el segundo lugar en Centroamérica, lo cual es un aliento y un compromiso que habría que tomar muy en serio para seguir adelante.

Desde luego, el hecho de que esta valoración de un ente como el Banco Mundial se dé en este momento debe ser tomado como un desafío para hacer bien las cosas en todos los temas básicos para el desarrollo, que tienen un contenido estructural de mayor envergadura. Los salvadoreños en general, y las instituciones en particular, tienen que asumir la responsabilidad de llevar al país por la ruta de su auténtico y generalizado progreso. Las condiciones existen, pero para que se manifiesten en toda su magnitud y con todas sus posibilidades es indispensable que las retrancas ideológicas y políticas se dejen de lado, para que prevalezca el sentido de nación, que es el único que puede darnos consistencia y sostenibilidad.

Falta mucho por hacer para que nuestra productividad se fortalezca de veras y para que nuestra competitividad sea un factor de éxito permanente. Como tantas veces hemos repetido, El Salvador necesita una apuesta productiva clara y sustentada, una predictibilidad confiable que potencie la seguridad en todos los órdenes y un manejo institucional que esté por encima de los pequeños intereses de sector o de grupo que siempre buscan absolutizarse en detrimento de la funcionalidad democrática y del bien común. Todo esto hay que verlo y manejarlo como una misión compartida de largo alcance.

Hay que seguir depurando y perfeccionando los procesos nacionales, sin que lo inmediato le ponga barreras al esfuerzo continuado. Por el contrario, se trata de hacer que lo inmediato actúe como palanca de lo que viene y puede venir si las cosas se hacen como se debe. Ahora, en los umbrales de dos decisiones electorales verdaderamente decisivas, hay que plantearse el proceso nacional como lo que es: una responsabilidad de la que nadie puede apartarse sin consecuencias. El reto país es lo que tenemos enfrente.

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