Hay que asegurar que la política le sirva bien a la democracia

Hay en el ambiente gran cantidad de cuestionamientos e iniciativas que hacen referencia a la práctica de la política dentro de la normalidad democrática.
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La democracia es el régimen; la política es el vehículo. Los salvadoreños nunca tuvimos, históricamente hablando, experiencia democratizadora real. Hubo partidos, que más parecían comités personalistas; hubo elecciones, que no pasaban de ser formalismos periódicos. Pero vivencia democrática realizable, nunca antes de que el sistema se viera obligado por las circunstancias a emprender la democratización, allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, al mismo tiempo que se iniciaba el ejercicio bélico en el terreno. Es decir que guerra y democracia coincidieron en el tiempo, en un paralelismo que no hay que perder de vista.

Ahora, veinte años después de que se emprendiera esta fase constructiva de la democracia real en el país, nos vemos inmersos, como sociedad y como institucionalidad, en una dinámica que presenta dificultades y contradicciones cotidianas. Esto para muchos es una crisis de manejabilidad del régimen democrático, y para otros constituye la muestra reiterada de que apenas estamos comenzando a aprender lo que es vivir en un régimen de pesos y contrapesos normales y saludables. Todavía los actores políticos, económicos y sociales se sienten muy incómodos con la necesidad de interactuar dentro de los límites que la democracia impone.

Ejemplos de esas resistencias hay a escoger. En el plano institucional, el ejercicio de la división de poderes fue muy pacífico mientras se daba una virtual dependencia respecto del poder supremo, que tradicionalmente estuvo encarnado en el Ejecutivo, con su instrumento partidario detrás. Eso ya no puede funcionar como lo hacía antes, y ahí vienen las resistencias. En esta coyuntura, hay novedades: el Ejecutivo no tiene partido de sustento, y los partidos principales están en plena ansiedad sobre los resultados electorales próximos. Nadie tiene control asegurado, y de ahí que cualquier movimiento que se considere atentatorio contra el equilibrio político inestable que vivimos genera reacciones desproporcionadas. Es lo que se vio en el llamado “choque de poderes” entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional. Un conflicto artificial que, con menos histrionismo, sigue latente, lo cual demuestra que nuestra inmadurez democrática es aún una fuente de riesgos y de quebrantos que hay que tener bajo vigilancia.

A estas alturas del juego es oportuno hacerse algunas preguntas básicas: ¿La política se está comportando como vehículo idóneo de la democracia? ¿Ésta tiene asegurada su estabilidad y su permanencia? A la primera pregunta habría que responder con un no dosificado; a la segunda, con un sí condicionado. Y al estar en el terreno movedizo de una campaña presidencial con novedades dentro del esquema competitivo, hacerse tales preguntas y esforzarse para que las respuestas a las mismas puedan ir siendo cada vez más consistentes y confiables es tarea no sólo estratégica sino patriótica.

Hay en el ambiente gran cantidad de cuestionamientos e iniciativas que hacen referencia a la práctica de la política dentro de la normalidad democrática. Van desde asuntos aparentemente menudos, con los regalos navideños en la Asamblea, hasta cuestiones más estructurales como el manejo financiero de Alba Petróleos y las demandas de esclarecimiento en casos tan espinosos como el de CEL o las contrataciones de administraciones pasadas en Obras Públicas. Todo apunta hacia la incidencia política, que debe estar, en toda circunstancia, apegada a la legalidad.

Tags:

  • democracia
  • contrapesos normales
  • instrumento partidario

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