Hay que asegurar que los ofrecimientos electorales se vuelvan cumplimientos reales

Los políticos ya no pueden seguir divagando a su gusto, porque las consecuencias de ello pueden llegar a hacérseles incontrolables, aparte de que es la ciudadanía la que carga en definitiva con las consecuencias adversas.
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Estamos ya dentro del plazo que establece la ley para hacer propaganda electoral en función de conformar la próxima legislatura, y en pocos días estaremos dentro del plazo que corresponde a las municipalidades. En épocas de contienda como la actual, lo que prolifera en todo el ambiente son los ofrecimientos a granel, porque los partidos y los candidatos buscan hacer todo lo que esté en su mano para lograr simpatías y atraer voluntades que se manifiesten en las urnas respectivas cuando llegue la fecha de los comicios. Eso es normal y lo seguirá siendo siempre, porque se trata de sumar votos que permitan acceder a los cargos correspondientes; sin embargo, los procesos electorales también van evolucionando conforme se da la consolidación progresiva del proceso democrático en el que estamos inversos.

Como se viene haciendo manifiesto por la dinámica política y por la correspondiente receptividad ciudadana, en estos momentos lo que prevalece es la demanda generalizada de que lo que se dice no se quede en palabras sino que vaya trascendiendo a los hechos. Esto pone a las diversas fuerzas políticas ante un compromiso que tiene características novedosas, y que sin duda las está obligando a afinar sus mecanismos de selección, porque lo trillado y convencional tiene cada vez menos incidencia en los hechos.

Como se hace evidente por todas las señales que se van dando en el día a día de esta intensa campaña electoral con dos fechas decisivas, estamos ubicados como sociedad y como institucionalidad en una especie de punto en el que se activan las necesarias redefiniciones. Para el caso, en el tema del manejo de las finanzas públicas, que viene estando desde hace mucho en situación altamente comprometida y peligrosa, la misma realidad de los compromisos que le tocará cumplir al respecto a la conducción que se instale en 2019 hace que los entendimientos previos sean insoslayables, ya que por ahora no hay nada seguro sobre cuál partido y cuál visión ideológica se impondrán para el quinquenio siguiente.

Esto presiona para que los ofrecimientos sean realistas en lo esencial y para que el cumplimiento de los mismos se adapte al fenómeno real más que a las posiciones estereotipadas que tanto se han impuesto en el ambiente. Desde tal perspectiva, es previsible que nuestro proceso va a tener que entrar en los carriles de una práctica más razonable y responsable, porque a nadie le será factible imponer esquemas a su antojo, ni siquiera en lo menos relevante y ya no se diga en aquello que es esencial. Lo que viene, pues, es una prueba de efectividad como no se ha producido en tal dimensión a lo largo de la ya prolongada posguerra, que tiene que irle dejándole paso ya a otra etapa histórica.

La suerte de la democracia se rige por su viabilidad comprobable en el terreno de lo real, y es lo que hay que tener presente en el desenvolvimiento de la cadena evolutiva. Los políticos ya no pueden seguir divagando a su gusto, porque las consecuencias de ello pueden llegar a hacérseles incontrolables, aparte de que es la ciudadanía la que carga en definitiva con las consecuencias adversas. En esta hora de grandes decisiones lo único sensato es que el proceder de todos se adapte a lo que la racionalidad demanda, conforme a lo que las circunstancias concretas están demandando cada vez con más apremio.

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