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Hay que asegurar que los proyectos importantes tengan continuidad

Lo que viene imperando, pues, es una especie de rudimentaria egolatría, en vez de la consideración realista que se requiere para garantizar la continuidad del trabajo modernizador.
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Uno de los hábitos más regresivos que vienen imperando en el quehacer político del país es el que consiste en que cada nueva Administración nacional quiere partir prácticamente de cero en lo que se refiere a proyectos trascendentales para el desarrollo del país. Así no se llega a ninguna parte, como es fácil constatar por la experiencia reiteradamente vivida en el ambiente. Se desperdician recursos y energías, y se hace imposible seguir una ruta de progreso que esté debidamente estructurada en el tiempo. El que llega tiende a desarticular lo que fue más emblemático en la gestión anterior, independientemente de su efectividad y proyección. Lo que viene imperando, pues, es una especie de rudimentaria egolatría, en vez de la consideración realista que se requiere para garantizar la continuidad del trabajo modernizador.

Ejemplos de desperdicio injustificable hay para escoger. El caso del Puerto de La Unión se ha vuelto simbólico al respecto. Y ahí hay culpas aplicables desde antes de que el proyecto estuviera concluido. No se dio la concesión en su momento, cuando había operadores de nivel mundial interesados en hacerse cargo, porque la ley necesaria se frustró con argumentos ideológicos desfasados. Se desarticuló el esquema del proyecto original, que implicaba la conexión La Unión-Puerto Cortés, en el Atlántico hondureño, vía un “canal seco”, y todo quedó en el limbo, hasta la fecha. Cinco años perdidos, porque el Estado viene pensando más en lo que puede entrarle a él que en lo que puede ser ganancia de país.

El FOMILENIO I concluyó con éxito de seguro porque la participación estadounidense en la implementación del proyecto evitó los caprichos sustitutivos. Ahora está en marcha el FOMILENIO II, referido al desarrollo de la zona costera, y esperamos que pueda desenvolverse positivamente, pues el esquema de gestión se mantiene. Pero lo que en verdad necesitamos como país en ruta de desarrollo es coherencia y continuidad en todo lo que signifique progreso para el país, independientemente de quién lance la idea original. Ahora mismo, para el caso, se está reactivando la gestión para revivir el sistema ferroviario, que quedó en la nada desde hace tanto tiempo. De concretarse, como esperamos, será un proyecto que le corresponderá impulsar al próximo Gobierno, y ojalá que lo haga con responsabilidad institucional, dejando atrás todo pasionismo partidario.

Si en algo sería oportuno y determinante llegar a un acuerdo interpartidario antes de las elecciones próximas es en el compromiso de tratar los proyectos de desarrollo nacional como lo que son: apuestas transideológicas y por encima de las pequeñas agendas de imagen. Lo bueno hay que preservarlo y de ser posible, mejorarlo. Y lo que no funciona hay que cambiarlo o corregirlo, pero con criterios objetivos, en beneficio del bien común.

En los distintos niveles de la realidad nacional hay grandes desafíos pendientes, de cuya debida solución dependen tanto la estabilidad como el desarrollo del país. Esto nos compete a todos, por encima de cualquier diferencia de enfoque o de línea de pensamiento, y entenderlo así es clave para que haya progreso en todos los órdenes, muy especialmente en las condiciones de vida de la población. Nadie en solitario puede hacer el trabajo de país que se requiere: o lo hacemos juntos o seguiremos braceando en el vacío de la inconsistencia.

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  • efectividad y proyeccion
  • nivel mundial
  • participacion

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