Hay que combatir la violencia y prevenir la violencia al mismo tiempo

La violencia criminal ha llegado a tales extremos en el ambiente que lo que prevalece al respecto, aparte de la angustia y la cólera por lo que pasa, es el desconcierto sobre lo que podría hacerse para evitar que siga pasando.
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Es como si el país hubiera caído en una trampa sin fin, que como tal no tiene precedentes, ni siquiera en la lucha armada de los años 80 del pasado siglo, cuando se estaba disputando el sistema político del país; hoy, en cambio, lo que se halla vivo es un accionar delincuencial organizado que está en abierta disputa por el control del ambiente, retando a la ley y a la autoridad en formas cada vez más abiertas y desafiantes.

Ya en plan concreto, hay tres tareas que se enlazan de manera indisolubre si es que se quiere pasar a los tratamientos verdaderamente efectivos de toda esta complejísima problemática: reprimir el crimen con todo el instrumental que la ley provee, organizar e impulsar las dinámicas de prevención conforme a las circunstancias que se presentan en el terreno de los hechos y generar mecanismos de reinserción de aquellos que van dejando verificablemente el accionar delincuencial. La represión del crimen y la prevención de las conductas criminales son funciones de más amplio alcance, ya que la reinserción constituye más bien un esquema de funcionamiento complementario.

El punto de la efectiva persecución y castigo de las actividades criminales se ha vuelto especialmente crítico porque el mal se halla tan extendido y se ha sofisticado tanto que se impone tomar acciones de verdadero impacto sobre las estructuras y los individuos involucrados. La fuerza de la represión legal ya no admite medias tintas, y eso pone en agresiva alerta a los delincuentes y alarma a muchos en el ambiente. En realidad, lo que la misma realidad está exigiendo es que se actúe a tiempo y de manera efectiva, porque ya la misma gravedad de la situación pone las cosas al rojo vivo. No hay tardanza admisible ni matices justificables.

En lo referente a la prevención, ésta debe articularse como un programa de amplio espectro, que esté umbilicalmente conectado con la realidad en toda su crudeza y en toda su diversidad. Se trata de quitarles a las redes criminales sus atractivos perversos y pervertidores, a fin de que especialmente los jóvenes hagan clic con las oportunidades que ofrece la normalidad en vez de ser engatusados por los ardides de la dependencia criminal. En esto el combate frontal contra la extorsión juega un papel determinante en grado sumo. Si ya no se puede vivir del trabajo ajeno es mucho más fácil avenirse al esfuerzo propio.

En realidad, la violencia es un fenómeno que deriva de múltiples causas, sobre todo cuando adquiere conotación de plaga social, como es el caso de El Salvador. El hecho de que históricamente nunca se hubiera desplegado en el ambiente un régimen de vida sobre bases de respeto y de sana convivencia preparó los caldos de cultivo de lo que vendría después. Hoy, cuando las cosas se han salido de control, los mecanismos correctivos y reconstructivos tienen que ser más drásticos y más de fondo, lo cual genera grandes dificultades en la práctica, como estamos viendo constantemente. Y por eso mismo hay que actuar ya en la medida de lo necesario.

Lo que en definitiva se está requiriendo para que la sociedad en su conjunto recupere la seguridad básica perdida es que se produzca un reciclaje integral tanto en las conductas como en las estructuras sociales. Las medidas parciales y circunstanciales ya en ningún sentido serán suficientes para que el país supere los atascamientos que lo mantienen atrapado. La violencia ha venido ganando terreno y ahora ejerce protagonismo insoslayable en todo el ámbito nacional. Si no se hace ya lo que hay que hacer llegaremos a ser una sociedad rendida, que es peor que un Estado fallido. Cada minuto que pasa representa una oportunidad irrecuperable.

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