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Hay que cuidarles

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Sandra de Barraza

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A diario se conocen y se publican casos de niños y niñas agredidos. Difícil creer las historias que están atrás de cada uno. Una mujer que se acompaña por segunda o tercera vez, que cree que la vida le cambiará para mejor, una mujer que se convierte en madre nuevamente para "consolidar la relación", una mujer con hijas adolescentes que viven en riesgo permanente con el hombre de turno, padre de la hermana pequeña, unas adolescentes que se atreven a contar su tragedia fuera de la casa, una tragedia que la madre no la cree porque "ciega de amor" cree que su pareja es incapaz de semejante conducta.

Una hija adolescente que tiene que huir de la casa de su padrastro para cuidarse, una hija que se va con la abuela, cansada y con uno y más problemas, tiene voluntad para cuidar de la nieta, pero, poca energía para enfrentar el problema de la hija y de las nietas. Esta es la tragedia que viven una y muchas adolescentes en nuestro país. No les queda más que buscar una salida, y la salida fácil es el novio de turno, el que las escucha, el que las entiende, el que, siendo de la misma edad, poco puede hacer.

Las niñas y los niños van a la iglesia. No importa el nombre, católica, evangélica, protestante y cualquier otra. Cualquier padre y madre piensa que allí están protegidos, que en la pastoral o en los grupos juveniles están ocupando bien su tiempo y formándose. Nadie sabe el acoso y la agresión que viven los chicos y chicas a muy temprana edad, once, doce años. Callan. Callan. Y callan. Cuando al fin comentan algo y se pregunta ¿por qué no dijiste antes nada? Con sencillez y contundencia responden... mi papá lo hubiera matado. Algunos religiosos agresores están muertos pero el daño que hicieron es irreparable. El papa Francisco ha dado esperanza.

Los niños van a los boy scouts, los papás y las mamás felices con las actividades extracurriculares, aprenden a ser autónomos participando en excursiones, acampando, haciendo nudos, haciendo fogatas y muchas cosas más. Allí también están en riesgo y los agreden. Se callan porque se sienten culpables. Se callan porque se supone que los adultos son los que los guían haciendo una buena obra diaria. Que alejados de los peligros que sufren.

En las escuelas sufren de agresión sexual. A diario aparecen docentes acusados, docentes capturados en flagrancia. Van a la escuela a aprender, muchas veces es el único espacio en el que logran socializar y mire usted. Allí también están en riesgo permanente. Y no se diga en los buses, donde se encuentran hombres masturbándose frente a ellos y todo el mundo se queda paralizado. Bajan del autobús asustados. Llegan a su destino a llorar de impotencia.

¿Dónde están seguros los niños y las niñas? Es la pregunta que la sociedad en su conjunto debe hacerse. Y hay que hacerla porque estamos criando y multiplicando sentimientos de frustración. Cierto. Me imagino que sentirse agredida por la persona cercana y familiar, por el religioso o por el guía genera frustración, miedo, desconfianza, temores, inseguridad, y mucho, mucho más. Y todos estos sentimientos se arrastran por años, se esconden, se magnifican, se convierten en fuente de resentimientos y en el círculo vicioso de esos sentimientos que hacen perder la vida.

¿Dónde están seguros los niños y las niñas? Parece que en ningún lugar están seguros, ni en su casa, ni en la iglesia, ni en el templo, ni en la escuela. Difícil imaginar el sentimiento de impotencia y frustración, difícil imaginar su camino sin salida. Fácil comprender sobre esos casos de adolescentes que toman la decisión de suicidarse. Noticias que de igual manera impactan y que dejan más preguntas que respuestas.

Los niños, las niñas y los adolescentes son la población más vulnerable del país. Viven inseguros, sufren de acoso, no tienen libertad de movimiento, su vida siempre está en riesgo, muchos de ellos no llegan a la juventud y otros no llegan a la adultez. Eso están viviendo y no nos hemos ocupado suficientemente de ellos.

Me responderán que desconozco todo lo que los gobiernos han hecho. Puede ser, pero es insuficiente.

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