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Hay que dedicarse a tratar la problemática urgente, pero sin descuidar las consecuencias en juego

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Las debilidades y las impotencias también se globalizan en esta era en la que hay una transversalidad incontenible.

Prácticamente toda la atención nacional e internacional está concentrada ahora mismo en la crisis provocada por la pandemia de la COVID-19, que se hizo presente en el mundo como un flagelo sorpresivo y que ha ido haciéndose sentir como una invasión de altísima peligrosidad para la cual nadie tiene hasta hoy controles ni remedios suficientes. Es determinante reiterar que esta situación ha tomado a todos por sorpresa, en el más angustioso y espeluznante sentido, y lo más revelador es que son las sociedades más avanzadas las primeras víctimas del flagelo en las condiciones en que éste se está presentando. Aquí hay una señal insospechada que de seguro hará que giren las percepciones sobre los peligros y las defensas de cara al futuro, porque los blindajes establecidos se está comprobando que son de una relatividad patética y porque las seguridades supuestamente vinculadas con el respectivo poder han quedado en total entredicho.

Hoy todos, y en todas las latitudes, estamos inmersos en la ansiedad por controlar los avances y los efectos del coronavirus, y los recursos que por doquier se están poniendo en acción dejan en evidencia que lo que prevalece es el ansia de contener la pandemia sin contar con remedios que vayan al grano. No es casual, entonces, que se acuda generalizadamente a medidas como el confinamiento hogareño de la gente y que el término “cuarentena” sea el que circule desenfrenadamente. Es vital, por supuesto, evitar el contagio cuanto sea posible, y como el virus se transmite en formas casi clandestinas hay que acudir al preventivo más confiable en tales circunstancias, que es el aislamiento de las personas.

Las imágenes de los países que parecen deshabitados y de las ciudades que dan la sensación de que se hallaran sufriendo un desalojo extremo no se habían visto nunca antes en las proporciones y con las características que ahora son de pronto tan comunes. Queda, pues, demostrado en los hechos que las debilidades y las impotencias también se globalizan en esta era en la que hay una transversalidad incontenible y en la que las realidades se trasiegan sin cesar, haciendo saber y sentir que estamos de veras en el mismo mundo.

Es claro que las múltiples incertidumbres angustiosas que están en plena vigencia generalizada acaparan, como decíamos al principio, todas las formas de la atención nacional e internacional; pero eso no debe impedir que se vayan haciendo valer, en la medida que cada caso particular lo permita y lo demande, las valoraciones y las previsiones en referencia a lo que pueda venir y a lo que se deba hacer de aquí en adelante. Este es un momento en que la urgencia domina y a la vez la previsión gana protagonismo, y ambas deben ser tratadas en forma conjunta, aunque eso exija un esfuerzo muy dificultoso cuando los apremios ansiosos por parar la crisis tratan de imponerse a toda costa. Lo que queremos decir con esto es que si bien las angustias y el miedo están en primera línea, como es natural dada la situación, hay que buscarle salidas a la proyección realista de lo que vendrá después.

Y en lo que toca a nuestro caso particular, hay un ejemplo vivo de esa acuciosidad que tiene que ser acompañada de racionalidad responsable: es el caso del endeudamiento público, que no puede quedar expuesto a los impulsos de la urgencia, porque aquí sí el remedio podría resultar mucho más dañino que la enfermedad. Lo que hay que lograr y asegurar es unidad nacional con disciplina debidamente compartida. Es lo que el país necesita y merece.

Estemos pendientes, día tras día y hora tras hora, del desenvolvimiento de los hechos, para evitar que se les agreguen nuevos peligros a los que ya enfrentamos. Sólo con esa vigilancia comprometida se podrá garantizar el buen desempeño.

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