Hay que desdramatizar la práctica de la política

En la política que se vive día a día hay, en cualquier tiempo y lugar, un cúmulo de componentes que muy fácilmente se salen de control. Esto lo vemos en países desarrollados y en países no desarrollados, porque el desarrollo no elimina los juegos de la naturaleza humana, que es la que en definitiva tiende a imponerse. Es claro, y a estas alturas nadie puede escapar a esa evidencia, que hemos pasado de una era de encerramientos cómodos a otra de aperturas incómodas. De la bipolaridad, en la que todo parecía poder decidirse en la agenda de las dos superpotencias a la globalización, en la que nadie tiene la sartén por el mango ni hay teléfono rojo que valga. ¿Será este un signo de adultez histórica? Lo único que en verdad sabemos, porque lo sentimos a diario, es que el tránsito está sobrecargado de ansiedades, dudas y peligros.
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Hay que desdramatizar la práctica de la política

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<p>La política práctica es competencia constante, y eso genera, por su propia índole, un ambiente de tensión natural. Lo que hay que ir asegurando es, precisamente, dicha naturalidad, para que las pasiones no se desborden, como es su impulso propio, tanto en los individuos como en las colectividades de todo tipo. Lo que está, pues, en la base de toda forma de convivencia pacífica es el eficaz gobierno de las emociones y las pasiones. Esto requiere un entrenamiento que nunca termina, porque se trata de una disciplina que debe estar permanentemente bajo vigilancia racional. En definitiva, es la racionalidad la conductora de ese proceso disciplinario; y si la razón no se impone, lo que se tiene es el desgobierno de la sinrazón. Ejemplos vivos de ello los tenemos a diario, aquí y en todas partes. Y hoy, con las redes sociales, todo esto está en pantalla a cada instante. </p><p>La democracia es un método que funciona como un régimen y se consolida como un sistema. Es, pues, una sucesión de momentos en el tiempo. Se habla de democracias maduras, de democracias en formación y aun de democracias en gestación. ¿En qué etapa estamos nosotros, los salvadoreños, que hicimos nuestra apuesta democrática original hace un poco más de 30 años, en los umbrales de la guerra interna? Estamos en la fase de construir el régimen democrático; es decir, de una democracia en formación. Y cuando eso se da, las resistencias antidemocráticas afloran a cada instante, como podemos ver justamente ahora en el país, en lo que se ha dado en llamar “conflicto de poderes”, y que en verdad se trata de caprichosas disputas de poder, por negación a reconocer que el poder en democracia no es un botín sino un compromiso.</p><p>Las resistencias antidemocráticas asumen todo tipo de disfraces, en el afán de hacerse valer. Dichas resistencias usan las libertades democráticas para asegurar su provecho. Y en tales condiciones, los pensamientos y las fuerzas verdaderamente posesionadas de su responsabilidad democrática deben poner en práctica los antídotos pertinentes. El primero de esos antídotos es la promoción y el ejercicio de la racionalidad. Porque la primera tentación es reaccionar en el mismo nivel temperamental de los gestores antidemocráticos, y en eso hay una trampa autoanuladora. Por eso subrayamos la necesidad de contraponer al dramatismo artificioso que caracteriza a los antidemócratas la desdramatización analítica propia de los demócratas. Es un ejercicio de depuración atmosférica que siempre resulta saludable.</p><p>En los tiempos recientes, y en especial desde que se produjo la primera alternancia en el ejercicio del poder político, hemos visto aflorar la anticultura del exabrupto y de las descalificaciones. Es cierto que los modos de ser de los individuos influyen mucho en los comportamientos públicos; pero este fenómeno va más allá de los arrebatos y los desplantes personales: es un signo revelador de que nuestra democracia, pese a los peligros que la amenazan y los flagelos que la castigan, está tomando cuerpo de presencia definitiva en el ambiente. Si eso no estuviera pasando, las resistencias y los anticuerpos no tendrían razón para estar tan alertas y crispados. Es buena hora, entonces, para ejercer esa desdramatización que desarma a los que sólo tienen como argumento la conflictividad en espiral.</p><p>No nos asustemos por lo que vemos en el día a día, en el país y en el mundo; pero tampoco bajemos la guardia. Aunque parezca todo lo contrario por los datos que nos arroja la realidad en vómito presencial y virtual inagotable, este es un momento histórico en que la racionalidad humanizadora tiene más posibilidades que nunca. ¿Por qué? Porque en un mundo global y transversal todos los centralismos deformadores están en crisis. Hay que tomar conciencia de ello, y animarse a hacer lo que la razón indica, no lo que la sinrazón propaga. Esto exige aplomo, lucidez, disciplina y paciencia, elementos de conducta que son de compleja práctica en cualquier tiempo y latitud. Dramatizar siempre atrae; desdramatizar siempre retrae. Pero no estamos en el teatro, sino en la vida, con perdón de nuestro admirado Calderón de la Barca. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;

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