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Hay que dibujar el croquis del país que queremos, para luego ir activando las hojas de ruta pertinentes

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David Escobar Galindo

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Si no hay unidad, la identidad se difumina, haciendo que el ser nacional parezca un reguero de piezas que nunca acaban de integrarse. Eso es lo que ha pasado en nuestro ambiente, y de manera cada vez más obstructora, con las consecuencias y los efectos que están dramáticamente a la vista.

La tarea inmediata más apremiante, dadas las circunstancias que prevalecen cada vez más tanto en el plano nacional como en los distintos ámbitos regionales y globales, es la que consiste en identificar con plena conciencia y con el consecuente compromiso lo que El Salvador debe ser de cara a los requerimientos de un presente que trasciende a diario los límites tradicionales en busca de una proyección cuyos horizontes se transfiguran a diario. Si nos preguntamos cuán a tiempo hemos llegado a esta coyuntura existencial globalizadora de seguro tendríamos que responder que estamos a la hora precisa, pero con una condición: que dejemos atrás todo cuestionamiento reductivo o depresivo y que nos animemos, como nación y como sociedad, a hacernos presentes, con identidad propia y con voluntad directa, en el mundo que nos toca vivir...

Lo que sí no admite ninguna duda es que todo lo que hemos experimentado y procesado en el curso del tiempo debe servirnos para interpretar el pasado, para reconocer el presente y para visualizar el futuro. Hay aquí una tarea que es al mismo tiempo unitaria y tridimensional.

La pluralidad, típica de la convivencia humana, debe convertirse en un estímulo para ir al encuentro de la unidad. Esto parece un juego de palabras, pero en realidad es la fórmula de toda funcionalidad factible. Si no hay unidad, la identidad se difumina, haciendo que el ser nacional parezca un reguero de piezas que nunca acaban de integrarse. Eso es lo que ha pasado en nuestro ambiente, y de manera cada vez más obstructora, con las consecuencias y los efectos que están dramáticamente a la vista. Y por ahí hay que comenzar el trabajo reconstructivo, que es en primer término un necesario ejercicio de recolección de piezas sueltas, de tal modo que se le vaya dando aliento inspirador y efectivo a la rehabilitación del ser nacional, por ahora casi irreconocible.

Hay que tener presente que todo esto es mucho más que una tarea política, aunque desde luego dicho factor está llamado a jugar un rol decisivo al respecto. Aquí hay componentes de índole cultural, moral y espiritual que son determinantes, y por eso la educación en todas sus expresiones debe ponerse a la delantera. Surge así otro imperativo insoslayable: recuperar la formación educativa en sus tres áreas vitales: la familia, la escuela y el entramado social. Sin esa conjunción virtuosa nada puede afianzarse.

Los salvadoreños tenemos que autorreconocernos como sujetos de destino propio, tanto en el nivel social como en la dimensión personalizada. Sin que esto se dé no hay cómo salir efectivamente adelante, ni como colectividad ni como individuos. Dicho autorreconocimiento debemos convertirlo multifacéticamente en eso que en el título de esta Columna llamamos croquis de identidad deseada. Y de ahí partir.

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