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Hay que dignificar el trabajo en todo sentido y hacer que esté a disposición de todos

El proceso que vivimos nos pone a diario múltiples tareas por cumplir, y entre éstas el proveerles condiciones de desarrollo favorable a todos los salvadoreños es, sin duda, una de las más relevantes e incuestionables. Este 1 de mayo reiterémoslo con toda convicción y con todo énfasis, para que la conciencia del deber democratizador se haga sentir cada vez más.
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Como todos los años, el 1 de mayo, que es el Día Internacional del Trabajo, se ha venido volviendo la fecha en que los trabajadores de diversas partes del mundo hacen oír sus voces de reclamo por las condiciones generalmente adversas en las que se desenvuelven sus vidas laborales; y por ello este día representa también, en buena medida, un despliegue de posiciones ideológicas y políticas que se mueven bajo la bandera del radicalismo. Pero también hay que decir que la antigua pugna entre socialismo y capitalismo, que se hizo sentir como fuerza dominante durante muchos decenios desde el siglo XIX hasta finales del siglo XX, ha ido perdiendo relieve histórico desde que el comunismo soviético implosionó allá en 1989.

En El Salvador hemos venido transitando una experiencia histórica de gran significado aleccionador desde los años 70 del pasado siglo. Vivimos un conflicto bélico de trascendencia internacional allá en el último tramo de la Guerra Fría, y la etapa posterior, que lleva ya más de un cuarto de siglo, nos ubica en la vitrina de esta época en que los viejos esquemas van siendo almacenados para poner de relieve nuevas formas de posmodernidad. A estas alturas, lo que realmente importa ya no son las figuraciones ideológicas sino los enfoques realistas sobre los distintos temas y problemas que se mueven en el escenario de las realidades tanto nacionales como internacionales, y esto lo debemos tener presente todos para poder contribuir a que las condiciones de vida vayan evolucionando para bien.

En esa perspectiva, el trabajo adquiere aún más relieve como factor de progreso humano, de armonía social y de sostenibilidad estructural. Cuando en un país, como es el caso del nuestro, hay tantas necesidades sin resolver y tantos desafíos por encarar, el que las personas de todas las procedencias sociales y de todas las ubicaciones socioeconómicas tengan oportunidades reales de mejoramiento es una cuestión de supervivencia tanto para los individuos como para el sistema de vida. No es casual, entonces, que la cuestión del empleo digno y suficiente esté en la primera línea del cuestionario del desarrollo. Y a esto hay que agregarle el respeto al trabajo en todas sus expresiones.

Hay que ponerle especial atención al punto de las oportunidades, porque es ahí donde se genera el catálogo de opciones que tiene la población para mejorar su presente y para potenciar su futuro. En la medida que las oportunidades se multiplican tanto en cantidad como en calidad se va configurando una dinámica de prosperidad factible, que contribuye a fortalecer la estabilidad nacional y a consolidar la paz social. Es preciso, pues, como un requerimiento de sustentabilidad democrática, darle al trabajo el rango que debe tener en toda sociedad bien organizada; y en el caso de la nuestra eso se hace aún más imperativo.

El proceso que vivimos nos pone a diario múltiples tareas por cumplir, y entre éstas el proveerles condiciones de desarrollo favorable a todos los salvadoreños es, sin duda, una de las más relevantes e incuestionables. Este 1 de mayo reiterémoslo con toda convicción y con todo énfasis, para que la conciencia del deber democratizador se haga sentir cada vez más.

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