Hay que enfocarse en mejorar progresivamente la productividad nacional para que nuestra competitividad tome impulso

Hay que planificar el progreso tanto de la sociedad como de los individuos que la componen, en serio y con voluntad de permanencia.
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No están muy lejanos los tiempos en que nuestro país se caracterizó como vanguardia del progreso en la subregión centroamericana, pese a sus limitaciones territoriales, a su escaso desarrollo estructural y político y a la tradicional condición de país de emigración. Es curioso, y tendría que ser muy revelador, el hecho de que pareciera que perdimos el rumbo del crecimiento precisamente cuando estábamos iniciando nuestra andadura democratizadora, allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo. Hay que tomar en cuenta que por aquellos días comenzó el conflicto bélico en el terreno; pero sin duda tuvieron también mucho que ver acciones improvisadas muy desintegradoras, como fueron las nacionalizaciones del año 1980, que quisieron frenar el empuje de la insurgencia en auge pero lo único que consiguieron fue deteriorar a fondo las estructuras económicas del país ya con la guerra a las puertas.

Uno de los factores más determinantes de la productividad es el componente educativo. En esa línea venimos padeciendo un despiste realmente inhabilitador, porque la crónica falta de funcionalidad del sistema educativo hace que no se pueda modernizar progresivamente dicho sistema, en concordancia con las necesidades del proceso productivo. Desde luego, lo primero sería definir de manera sólida y confiable el esquema de la productividad nacional, que contenga las apuestas productivas en orden de prioridades y de desenvolvimiento, pues sobre todo un país como el nuestro, que sobrelleva tantas limitaciones estructurales, debe tener muy claras y actuantes sus ventajas comparativas. Nunca se han activado tales ventajas, y lo vemos con lacerante dramatismo en lo que le pasa desde hace años al cultivo del café, que ha venido en picada después de estar en la punta, en abierto contraste con lo que ha pasado en otros países del entorno, como Honduras.

La productividad, en sus distintos esquemas de funcionamiento, no se puede dejar al vaivén de las circunstancias, porque entonces se acaba dependiendo de todas las improvisaciones imaginables, y al final lo que prevalece es el estancamiento, que en estos tiempos de innovación acelerada y progresiva equivale a quedarse cada día más al margen. Hay que planificar el progreso tanto de la sociedad como de los individuos que la componen, en serio y con voluntad de permanencia. En este último tema también hemos ido dando tumbos en el país, precisamente por la persistencia de un viejo vicio: convertir los prejuicios ideológicos en retrancas obsesivas. Satanizar la planificación nos ha conducido a ir al garete; y por otra parte el estar queriendo mantener vivas las posibilidades reales de un socialismo estatizante que ya mostró su absoluta inoperancia intoxica el ambiente.

Las condiciones del presente, en los diferentes niveles de la realidad, desde el global hasta el local, exigen que haya una revisión constante de lo que pasa, para no perder ninguna de las pistas de esta actualidad tan dinámica y cambiante en la que todos nos movemos. Para ser productivos y competitivos como país necesitamos estar al día en todo lo que hay que hacer para mantenernos debidamente actualizados y capacitados en todos los aspectos determinantes: el político, el económico y el social.

Habría que proponerse que 2016 vea novedades realmente significativas tanto en productividad como en competitividad. De eso depende que haya progreso en forma.

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  • productividad
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  • desarrollo
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