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Hay que entender que la evolución tiene características propias en cada persona y en cada país, y que eso hay que reconocerlo y asumirlo en pleno

Esto que llamamos tiempo y que personalizadamente también llamamos vida son en realidad fuerzas en acción y en proyección que están fuera y dentro de cada uno de nosotros.

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David Escobar Galindo

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Todo lo humano, en las diversas expresiones que lo caracterizan, es una manifestación incesante del tránsito. Porque si de algo debemos tomar conciencia cuanto antes mejor es de que somos seres en constante movimiento, aunque por momentos pudiera parecer que estamos inmóviles. Esto que llamamos tiempo y que personalizadamente también llamamos vida son en realidad fuerzas en acción y en proyección que están fuera y dentro de cada uno de nosotros. Nada se detiene nunca, ni siquiera la historia que parece recluida en sus estancias del pasado. Y lo anterior nos enseña, sin alternativas de ninguna índole, que cada conciencia y cada destino son fuerzas en perpetuo desplazamiento que cruzan a cada instante el pasado, el presente y el futuro. Es un triple juego de dimensiones intercambiables. Y ahí se inserta la evolución tal como debemos entenderla para no perdernos en la ruta vital.

Y lo que al respecto pasa con las personas ocurre también con las sociedades y con las naciones. De esta dinámica tan identificable nadie escapa ni podría hacerlo, porque la lógica del tiempo es siempre un todo con la lógica de la vida, y en ese enlace de lógicas estriba lo que conocemos como despliegue evolutivo constante. Estamos hoy en los primeros tramos de este nuevo siglo, y ese tránsito al que hacíamos referencia al comienzo de esta reflexión tiene una nota relevante que no se había presentado antes: la humanización en clave global. Y para no caer en caracterizaciones convencionales, no se trata de una humanización en sentido filosófico o religioso, sino de una humanización que quiere ser un nuevo autorreconocimiento práctico. Es el ser humano transitando por esta nueva época que tiene gran similitud con un dilatado salón de espejos.

Para llegar al punto tenemos que empezar por preguntarnos: ¿Cuáles son las características identificadoras de la evolución en nuestro específico escenario nacional? Y al respecto podemos destacar tres puntos fundamentales: la naturaleza propia de dicho escenario, el doble juego constante de los actores que se mueven en el aludido escenario y la tendencia incansable a manejar los tiempos históricos sin calar a fondo en los mismos. De la sola mención de esos tres componentes resulta que los salvadoreños hemos vivido permanente expuestos al vaivén de las improvisaciones, resistiéndonos tozudamente a hacernos conscientes de que en el trasfondo de nuestro proceso evolutivo hay una coherencia soterrada que por fortuna parece estar haciéndose perceptible a la luz del fenómeno aperturista que trae consigo la globalización en marcha por todas las rutas del mundo.

¿Qué pasa hoy, entonces, y qué podría seguir pasando hacia mañana? El escenario nacional está tendiendo a autorreconocerse como espacio compartido, aunque proliferen las resistencias pasionales a aceptarlo como tal. Los actores en movimiento están cada día más expuestos a chocar en sus dobles juegos, y las contusiones son cada vez menos ocultables. Y los tiempos históricos hablan por sí solos mucho más que antes, haciendo que los actores en movimiento tengan que reconocerlos aunque persistan en taparse los oídos.

La democratización inevitable hizo que El Salvador entrara en una nueva fase de avances evolutivos desde hace varias décadas. Ahora estamos aquí, experimentando una coyuntura transicional que presenta signos muy originales, sobre todo si se compara con lo que antes se dio. Esos signos, por su propia naturaleza, son inquietantes y animadores a la vez. Inquietantes porque, al estilo actual, traen aparejado un personalismo de impulsos rupturistas; y animadores porque estamos en vías de cambio histórico, que siempre acaba por colocarse más allá de las estridencias y de las sacudidas que le hacen coro.

Por toda su experiencia vivida, El Salvador sabe cómo tropezar sin caer. Y también por toda esa experiencia El Salvador sabe cómo salvaguardar sus mejores energías en medio de los trastornos más desafiantes. ¿Qué nos toca hacer y procesar, entonces, en este justo momento de nuestro tránsito evolutivo? Para empezar, un ejercicio de autoevaluación, a la vez coyuntural y estructural, de modo que sepamos con certeza inequívoca dónde estamos y hacia dónde vamos. Y esto nos toca a todos, absolutamente a todos, aun a los que creen que no lo necesitan.

La evolución es el motor que impulsa la vida, y por eso es tan decisivo asumirla como la mejor oportunidad para proyectarse creativamente en todos los sentidos. No hay que perder ni un solo minuto al respecto. Vivir de veras es avanzar sin descanso.

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Tags:

  • evolución
  • humanización
  • características
  • tiempo
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