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Hay que esforzarse a fondo para que el país sea viable en todos los sentidos

Es preciso tener presente, y ahora más que nunca porque las condiciones apremiantes así lo exigen, que ni el fanatismo, ni el egocentrismo ni la dispersión llevan a nada bueno, sino todo lo contrario. Los salvadoreños estamos urgentemente necesitados de racionalidad ordenadora, en un marco de transparencia y de eficiencia creativas que habilite los dinamismos de la prosperidad general.
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Casi a diario se van presentando situaciones que ponen de manifiesto que en nuestro país siguen prevaleciendo los factores de riesgo, aun en las cuestiones más sensibles de nuestra realidad. Para el caso, el tema agudo y palpitante de la inseguridad ciudadana da muestras cotidianas muy notorias de que lo que se hace al respecto desde la institucionalidad no es suficiente ni de lejos para frenar los avances del crimen, con todos los efectos nefastos que eso lleva consigo. La inseguridad económica tampoco da tregua, y el estado de cosas al respecto tiene atrapada a la población en una agonía permanente y a todas las estructuras nacionales en una anemia que impide que el país y su sistema funcionen saludablemente. Y a ello se suma la inseguridad institucional, que limita el progreso hasta volverlo una apuesta en el vacío.

A problemas tan agudos como esos se van sumando otros, que mantienen en ascuas todo lo demás. El punto del respeto a la ley en general y del apego a la moralidad en el ejercicio de las conductas públicas está más vivo que nunca. Aunque en tiempos recientes, y más aún en el momento actual, se ha venido dando un despertar de la lucha contra la corrupción y la impunidad, sobre todo en los más altos niveles de la gestión política, tradicionalmente blindados, falta mucho para garantizar el sano y confiable desempeño en esos y en todos los niveles del quehacer estatal, a fin de que no sólo se persigan los procederes delincuenciales sino que se garantice que no lleguen a ocurrir.

Tenemos que lograr avances reales, consistentes y convincentes en ruta hacia una normalidad que se ha ido desactivando de manera progresiva. Hoy vivimos en el reino de la anormalidad, y mientras eso siga así, no habrá forma de generar progreso en el pleno y sostenible sentido del término. Estamos inmersos en la atmósfera de las vaguedades, que con tanta facilidad llegan a ser perversas. Lo que se expresa y se repite en la campaña presidencial en curso es una muestra elocuente de ello. Se insiste, desde todos los ángulos y en todos los tonos, que las fuerzas políticas tienen que cambiar y que los enlaces con las opiniones y aspiraciones de la ciudadanía deben ponerse en primera línea, pero nunca se arriba a los compromisos concretos, organizados y calendarizados, que es lo que de veras podría hacer la diferencia.

Es preciso tener presente, y ahora más que nunca porque las condiciones apremiantes así lo exigen, que ni el fanatismo, ni el egocentrismo ni la dispersión llevan a nada bueno, sino todo lo contrario. Los salvadoreños estamos urgentemente necesitados de racionalidad ordenadora, en un marco de transparencia y de eficiencia creativas que habilite los dinamismos de la prosperidad general. Sólo dentro de esa perspectiva será posible reorientar el rumbo del país y asegurar que dicho rumbo vaya generando los beneficios esperados.

Todas estas tareas y las muchas otras que componen la agenda pendiente reclaman que se active un plan de nación realmente integral y funcional. Dicho asunto tendría que estar en lugar muy visible de la campaña electoral en marcha.

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