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Hay que esperar que las radicales iniciativas antiinmigrantes en Estados Unidos sean puestas en cuestión por la misma realidad

Hacer deportaciones en forma de atarrayazo sería un despropósito de gravísimas consecuencias para todos. Es lo que anunció durante la campaña el candidato triunfante, y ahora hay que esperar lo que vendrá al respecto en el futuro inmediato.
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Acaba de concluir en Estados Unidos una campaña presidencial que no tiene precedentes por lo enconada y beligerante que ha sido. Es claro que hay una gran insatisfacción subterránea en aquella sociedad que, por otra parte, se caracteriza por una larguísima tradición democrática, que la distingue en el mundo. Lo primero que habría que preguntarse entonces es qué está pasando allí y qué vínculos puede tener eso que pasa con lo que sucede en los distintos planos globales, que están cada vez más intercomunicados. Sin duda, buena parte de la ciudadanía estadounidense ha perdido la confianza en los manejos institucionales tan sólidamente establecidos, y eso genera desconfianza y disgusto. Por otro lado, los problemas del presente vistos desde las ópticas más amplias que hoy imperan hacen que vayan surgiendo muchos mecanismos de defensa frente a situaciones como las del comercio internacional y los flujos migratorios crecientes.

El acontecer político estadounidense es muy revelador de lo que está gestándose y va emergiendo en los más diversos espacios del mapa global. Todas estas son repercusiones sucesivas del fenómeno globalizador que se hizo presente una vez que el anterior esquema del poder férreamente centralizado colapsó casi sin avisos previos. La progresiva apertura de fronteras ha disparado grandes desconfianzas y promovido intensas resistencias. Los mecanismos de autodefensa, que en su gran mayoría son impracticables porque las condiciones del mundo son otras irreversiblemente, no se hacen esperar, cuando lo visionario sería tratar de aprovechar las grandes posibilidades del momento para reciclar las energías propias, sobre todo en el mundo que se conoce como desarrollado.

Entre los impulsos autodefensivos más activos está el rechazo a la inmigración, aun en aquellos países que se han formado con base en ella. Estados Unidos es un ejemplo típico. Millones de personas provenientes de nuestros países se han ido a radicar allí, principalmente con el propósito de habilitar un mejor futuro para ellos y para sus familias. Son, en su inmensa mayoría, gente de trabajo, que va a servir a sus lugares de destino. Hacer deportaciones en forma de atarrayazo sería un despropósito de gravísimas consecuencias para todos. Es lo que anunció durante la campaña el candidato triunfante, y ahora hay que esperar lo que vendrá al respecto en el futuro inmediato. Ojalá que acabe imperando la fuerza de la realidad unida al poder de la sensatez. Todos los países tienen el derecho a autoprotegerse, pero en todo caso deben hacerlo en forma responsable y realista, no según los impulsos emocionales desbordados sino conforme a lo que aconsejan las pautas del tiempo y del mundo en la coyuntura actual.

Luego del triunfo electoral, los matices han comenzado a aparecer en las declaraciones del Presidente electo. Ese es un buen signo que hay que ver como señal alentadora. Y en El Salvador, que tiene tanto en juego en este caso, hay que reaccionar con cautela, con voluntad expresa de contribuir al sano desenvolvimiento de los hechos en beneficio de nuestra gente y con el propósito de mantener las excelentes relaciones intergubernamentales que se vienen consolidando entre nuestros dos países.

Esta es una prueba más en el curso de la compleja dinámica en la que estamos inmersos, y tenemos que salir airosos de ella para beneficio de todos.

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