Hay que estar tranquilos pero despiertos

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[email protected] en MéxicoValiente como pocas, la ciudad de San Salvador ha sufrido en sus casi 500 años de existencia una docena de terremotos mayores y muchos más de menor intensidad, resurgiendo siempre con nuevos brillos.

Para minimizar daños personales y materiales, es mejor considerar con calma y anticipadamente la posibilidad de un seísmo muy fuerte, dado que Centroamérica está anclada en “el cinturón de fuego del Pacífico”, que se extiende de norte a sur por todo nuestro continente, bordeando el océano. La vecina Guatemala tiene más de treinta volcanes y nosotros más de veinte, para citar solamente dos fragmentos del susodicho cinturón. Súmense las placas de Cocos y Caribe, más las fallas existentes en todo el istmo y puede afirmarse que un terremoto no es difícil de predecir. Lo que no es posible saber anticipadamente es cuándo podría sacudirnos y cuál sería su magnitud. Aunque nuestro historial sísmico establece ciertas pautas, también es posible que no ocurra en esta o en las próximas décadas.

Pero, para protegernos y minimizar daños potenciales conviene revisar algunas situaciones y antecedentes.

En la ciudad capital hay más de medio centenar de edificios y muchísimas casas, que fueron afectados estructuralmente por los terremotos de 1986 y 2001, que se mantienen precariamente en pie, y dado el costo de su demolición, nadie quiere asumir esa tarea. No puede continuarse evadiendo el problema y pretender olvidar lo que ocurrió con el edificio Rubén Darío, resquebrajado por el terremoto de 1965 y que colapsó totalmente con el de 1986, causando un número considerable de pérdidas humanas. Nadie desea que esa historia se repita, pero no se ve cercano que alguien asuma la responsabilidad de demoler esas vacilantes estructuras para proteger a la ciudadanía de una tragedia similar. Si los dueños de esas propiedades y las autoridades carecen de recursos (¿?) tengan presente que deberán demolerlas de todos modos, si es que se produce un nuevo sismo de regular intensidad.

Si los terremotos no pueden predecirse, las erupciones volcánicas que eventualmente pueden originarlos, sí. En esta área se trabaja en El Salvador desde hace años, con eficiencia, pero con limitados recursos, o sea que con voluntad y apoyos es trabajo que puede y debe ampliarse.

Aparte de los edificios y casas dañados estructuralmente por sismos anteriores, contamos con la amenaza real de cables de alta tensión colgando de los abundantes postes que perfilan la fisonomía de la capital. Lamentablemente los alambres exhibidos en sus vías públicas, además de estorbar el paisaje urbano, constituyen un riesgo para los seres humanos en caso de que tiemble fuerte. Despacito, pero a paso firme, este panorama anárquico debe terminar si las autoridades, y Protección Civil en particular, así lo deciden. Cables y alambres tradicionalmente aéreos deben ubicarse subterráneamente, por seguridad y estética.

En Ciudad de México el reciente terremoto derribó grandes vallas publicitarias, que aplastaron vehículos y otros bienes y causaron daños personales. En una economía deprimida como la nuestra sería ilógico intentar suprimirlas, pero pueden inspeccionarse para certificar su resistencia a los temblores y, sin darle largas al asunto, reglamentar su construcción, tamaños y ubicaciones por evidentes razones de seguridad y ornato.

Hay que estar tranquilos pero despiertos. Es mejor prevenir que lamentar.

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