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Hay que evitar a toda costa que el ambiente estudiantil se siga deteriorando por efecto de la violencia imperante

No sólo es cuestión de proteger en todo sentido a estudiantes y maestros del asedio de la delincuencia, sino que debe haber un compromiso claro y programático con el apoyo a la autorrealización de los jóvenes, conforme a sus aptitudes y aspiraciones.
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Cuando se revisan los datos de la deserción escolar y estudiantil en general en el país se encienden de inmediato las alarmas sobre el impacto que están teniendo en la niñez y en la juventud los problemas esenciales no resueltos en los diversos ámbitos y niveles del vivir colectivo. Es muy revelador lo que ocurre hoy en comparación con lo que ocurría en el pasado: en otros tiempos, no muy lejanos, El Salvador era un país superficialmente pacífico pero con una segregación social clara y profunda; entonces muchísimos salvadoreños estaban al margen de la educación por la misma estructura imperante. Hoy se han venido abriendo los espacios sociales y hay muchas más oportunidades disponibles, pero se hacen sentir en forma agresiva y descontrolada otros factores que desarticulan el sistema de acceso como son la violencia expandida en las comunidades y los estragos que causa en la economía familiar el deterioro económico persistente.

La deserción estudiantil es una de las expresiones terminales del riesgo en el que están inmersos los niños y los jóvenes sobre todo en las comunidades más vulnerables al acoso de la delincuencia organizada, como son las que se encuentran en las áreas suburbanas y rurales. Y a esto se unen las múltiples dificultades de funcionamiento que padece el sistema escolar en las distintas zonas del país, con escasez crónica de recursos educativos y la incidencia adversa de un esquema de formación docente que viene estando a la deriva desde hace medio siglo. En suma, los factores negativos en vez de disminuir se incrementan, pese a que hay esfuerzos institucionales que buscan reparar fallas e insuficiencias, y tal efecto contraproducente se da en primer lugar porque aún no se pone en acción el enfoque integral que pondría los problemas en el adecuado nivel de tratamiento.

Es patente que el sector de la población que recibe con mayor efecto desestabilizador los impactos del auge de la criminalidad es el sector de los más jóvenes, que están iniciando su trayecto por las etapas formativas en ruta hacia su futuro personalizado. Así es como sigue creciendo la cantidad de los llamados “ninis”, es decir que ni estudian ni trabajan, porque además, y para colmo de males, las condiciones de empleabilidad juvenil son también muy deplorables en el ambiente.

Ser joven en el país en estos momentos y en estas circunstancias constituye un gran reto personal, pero también para la sociedad como tal, que tendría que replantearse con sentido heroico la responsabilidad de abrirle espacios de superación a las generaciones sucesivas, y asimismo para la institucionalidad, que tiene que asumir su tarea correspondiente en forma de cruzada regenerativa. No sólo es cuestión de proteger en todo sentido a estudiantes y maestros del asedio de la delincuencia, sino que debe haber un compromiso claro y programático con el apoyo a la autorrealización de los jóvenes, conforme a sus aptitudes y aspiraciones. Es apoyar efectivamente, desde la institucionalidad, la construcción de destino.

Puestas las cosas en tal dimensión, el Estado y la sociedad tienen que crear una alianza virtuosa al servicio de los seres humanos concretos, desde el inicio hasta el fin de la vida. Eso es fomentar progreso en el más elevado sentido del término.

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  • educacion
  • empleo juvenil

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