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Hay que evitar a toda costa que la ciudadanía caiga en las trampas de la demagogia y del populismo

La corrupción, la impunidad y el abuso en cualquier sentido son estímulos perversos para que la ciudadanía se vuelva vulnerable a los cantos de sirena del populismo y a las trampas argumentales de la demagogia. No hay dónde perderse al respecto, porque los ejemplos de lo que ha ocurrido en países del entorno siguen vivos con lacerante elocuencia.
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Hay que evitar a toda costa que la ciudadanía caiga en las trampas de la 
demagogia y del populismo

Hay que evitar a toda costa que la ciudadanía caiga en las trampas de la demagogia y del populismo

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Las tentaciones políticas de sacar ventajas de las frustraciones y de las necesidades ciudadanas siempre estarán al acecho en todas partes del mundo, y así vemos cómo los personajes dispuestos a darles cuerpo y voz a dichas tentaciones van apareciendo de manera periódica en las diversas latitudes del mapamundi, con distintas vestimentas ideológicas pero con los mismos fines de aprovechamiento perverso. En nuestro Continente hay pruebas fehacientes de ello a lo largo del tiempo, y bien se podría hacer un catálogo de experiencias muy reveladoras al respecto. Aunque la mayoría de los ejemplos de ello están en el campo de la izquierda, por la misma naturaleza de la ideología que ahí impera, también hay muestras fehacientes en el campo de la derecha, como podemos constatar en nuestros días en el plano global.

El mecanismo más eficaz para evitar que tanto la demagogia como el populismo hagan de las suyas en un ambiente tan contaminado y vulnerable como es el actual consiste en hacer que las estructuras políticas establecidas desarrollen los adecuados y oportunos mecanismos de saneamiento y de renovación que las puedan volver confiables a los ojos de la ciudadanía, que se ha ido volviendo más y más exigente al respecto con el paso del tiempo. En tal sentido, hay que aprovechar que estamos en campaña electoral intensiva para tomar conciencia de que hay que responder al sentir ciudadano en la mejor forma posible para evitar daños mayores y para activar dinámicas reconstructivas.

Sólo si hay un auténtico enlace entre lo que la ciudadanía espera del desempeño institucional y lo que va logrando tal desempeño en los hechos se hace factible habilitar las condiciones de una estabilidad política, económica y social que dé garantías de progreso y seguridades de confianza sostenida en el tiempo. Todos tenemos que entender con plena conciencia de ello que la única vía para potenciar la armonía básica entre lo que la gente quiere y espera y lo que la institucionalidad ofrece como producto de su desempeño consiste en dar seguridades convincentes y constantes de que el sistema nacional en todas sus expresiones cumple de veras con el objetivo de servir al bien común.

La corrupción, la impunidad y el abuso en cualquier sentido son estímulos perversos para que la ciudadanía se vuelva vulnerable a los cantos de sirena del populismo y a las trampas argumentales de la demagogia. No hay dónde perderse al respecto, porque los ejemplos de lo que ha ocurrido en países del entorno siguen vivos con lacerante elocuencia. Es imperioso evitar que vaya a pasarnos lo mismo, y para ello se vuelve indispensable desenmascarar a tiempo las maniobras populistas y poner en evidencia a aquéllos que pretenden beneficiarse de ellas.

Resulta indispensable para mantener la buena salud del régimen democrático que la práctica política cumpla con su verdadera función, dentro de los principios y los lineamientos que son propios de dicho régimen. No basta, entonces, con asegurar la democracia formal: hay que garantizar la democracia funcional, cuyo ejercicio debe estar presente siempre, cualesquiera sean las circunstancias.

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