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Hay que evitar a toda costa que las fallas de los actores dañen el escenario en el que tienen que moverse

No olvidemos en ningún momento que en los países del entorno donde el autoritarismo populismo logró tomar control eso se dio porque los esquemas estructurales, generalmente ya bien establecidos dentro del marco del régimen de libertades, se fueron deteriorando por los vicios y los trastornos de la práctica.

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Va creciendo en el ambiente nacional la percepción de que los actores políticos no desempeñan a satisfacción la tarea que el régimen democrático les demanda desde su origen y les sigue demandando en su desarrollo. Tal percepción se ha ido intensificando por efecto de las ineficiencias que son palpables y acumulativas con sólo recorrer el panorama de la situación nacional en el curso del tiempo. Uno de los resultados más visibles y trascendentales de la solución política de la guerra fue abrir por primera vez en el país un escenario de participación política en el que todos los actores, independientemente de su identificación ideológica, pudieran participar competitivamente conforme a las reglas legales.

Una de las grandes ganancias evolutivas de las que podemos dar fe a lo largo de las décadas que se han sucedido desde entonces es el sostenimiento ininterrumpido y normal del esquema de participación política, que se desarrolla en ese escenario que se consolidó luego del Acuerdo de Paz. Pero también hay que decir, con toda claridad y sinceridad, que el desempeño de las fuerzas y de los actores políticos no ha estado a la altura de las exigencias del proceso evolutivo. Ha habido, y sigue habiendo en buena medida, una recurrencia de los malos hábitos tradicionales, pese a que éstos están cada vez más fuera de foco y de sostenibilidad.

Se continúan presentando serias fallas institucionales, para empezar en las cúpulas de los tres Órganos fundamentales del Gobierno. Los desencuentros internos en cada uno de ellos y las recurrentes crisis de relación entre los mismos dan reiteradas señales de alerta sobre los daños que podrían afectar a fondo todo el aparato estatal, con impactos directos en la salud elemental del sistema. Ante esto, lo que se impone es tomar medidas preventivas y reorientadoras destinadas a darles credibilidad a los procesos institucionales, de tal manera que su desempeño les provea eficacia y a la vez sirva como factor de unificación nacional, que tanto se está necesitando para la estabilidad continuada del régimen democrático.

Está comprobado, por las experiencias que se han dado y se siguen dando en todas partes, que la democracia es el único régimen capaz de asegurar los avances reales hacia el progreso tanto político como económico y social; y al ser así, es un deber histórico que a todos nos compete el cooperar colectivamente a que la democracia funcione con todo lo básico que se requiere para asegurar dicha funcionalidad. Y lo primero sería salvaguardar la integridad del escenario democrático donde dicha funcionalidad descansa.

No olvidemos en ningún momento que en los países del entorno donde el autoritarismo populismo logró tomar control eso se dio porque los esquemas estructurales, generalmente ya bien establecidos dentro del marco del régimen de libertades, se fueron deteriorando por los vicios y los trastornos de la práctica. El más deplorable ejemplo de ello es la Venezuela chavista.

La única forma de prevenir tales quebrantos es poniendo orden en todos los ámbitos del quehacer institucional. De esto hay que tomar a cada paso la debida conciencia para activar el consecuente compromiso.

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