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Hay que evitar a toda costa que las protestas de calle por motivos políticos deriven en violencia y destrucción

El hecho de vivir en constante conflicto por el mal manejo de las diversas cuestiones que se presentan en la agenda cotidiana lo que produce es una inercia desgastante, que va contaminándolo todo. Esto es lo que predomina en nuestro ambiente, con las negativas consecuencias que son de prever.
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La Prensa Gráfica

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Hace unos pocos días una manifestación de supuestos estudiantes de la Universidad de El Salvador y de empleados de algunas instituciones públicas llegó hasta la Asamblea Legislativa a hacer una protesta por la presunta intención de privatizar el agua por parte de grupos parlamentarios de derecha. Al respecto, ARENA ha negado reiteradamente que tenga tal intención, pero desde el ala izquierda se mantiene el rechazo al respecto. En esta oportunidad, lo más grave fue que la protesta derivó en actos violentos que dejaron daños en personas y en las estructuras físicas de la Asamblea. Esa señal es preocupante y debe ser recogida con la atención del caso, para hacer todo lo que sea necesario a fin de que sucesos como el mencionado no se repitan para bien de la sociedad y de su proceso.

En nuestro país se está necesitando a gritos que se creen espacios de entendimiento razonable entre fuerzas tanto políticas como sociales de diferentes signos ideológicos y de posturas políticas contrastantes, a fin de darles tratamientos pacíficos y responsables a los temas que se van presentando en el desarrollo de la problemática nacional. El hecho de vivir en constante conflicto por el mal manejo de las diversas cuestiones que se presentan en la agenda cotidiana lo que produce es una inercia desgastante, que va contaminándolo todo. Esto es lo que predomina en nuestro ambiente, con las negativas consecuencias que son de prever. Y cuando se está en períodos de competencia política por las posiciones de poder, como ocurre en este momento, las tentaciones de la conflictividad se multiplican.

El punto de la legislación sobre el tema del agua ha desatado una serie de acciones y reacciones que es preciso mantener en orden, para evitar que se salgan de control. Lo pertinente sería que hubiera un manejo legislativo de la cuestión que hiciera posible el consenso entre los que deciden, que son las fuerzas políticas representadas en el pleno legislativo. Nada de esto debería estar a merced de las posiciones enfrentadas, porque se trata de un asunto de alto interés nacional, en cuyo manejo sensato y responsable todos debemos interesarnos y comprometernos por encima de las diferencias.

No es admisible, bajo ningún concepto, seguir agregando inseguridades depredadoras a un estado de cosas que ya de por sí viene cargándose de ellas en el curso del tiempo. Es responsabilidad directa de los liderazgos nacionales, y muy en particular de los liderazgos políticos, el hacer todo lo necesario para que la normalidad vaya ganando terreno en el ambiente, con la consiguiente habilitación de los tratamientos eficaces de nuestros problemas más sensibles. Si esto se desentiende o se margina, el país estará siempre en riesgo.

Hay que preservar por todos los medios al alcance la estabilidad básica del sistema, que es lo que nos permite sobrenadar las turbulencias estructurales que no han sido debidamente tratadas. Si se le abren espacios a la violencia todo puede pasar.

Estamos cruzando un momento especialmente delicado de nuestro proceso institucional, y cualquier concesión al descontrol puede ser irreversible. Tomemos conciencia de ello, sin excusas de ninguna índole.

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