Hay que evitar que el malestar ciudadano llegue a poner en jaque al sistema político

En cualquier ejercicio democrático, aun en los más imperfectos, la voluntad ciudadana va haciéndose sentir por distintas vías.
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Y esto es todavía más patente en el mundo actual, donde los esquemas de rigidez totalitaria han dejado de tener vigencia real por obra de las mismas circunstancias del presente. En verdad, el totalitarismo y el autoritarismo nunca fueron funcionales, y la mejor prueba de ello se dio con la implosión del régimen marxista-leninista en el llamado “campo socialista” europeo, allá a finales de los años 80 del pasado siglo. Hoy los regímenes populistas tienen que asumir formas democráticas, con las cuales entran en choque inmediato, como se ve de manera desembozada en el patético caso venezolano.

En estos días, casos como los de España y de Venezuela grafican los graves problemas que se producen cuando el sistema político es incapaz de responder con la debida normalidad a los movimientos de la voluntad ciudadana. En España, prácticamente desde el inicio de la activación democrática, luego de la prolongada inmovilidad franquista, dos fuerzas principales, una de derecha y otra de izquierda, se turnaron en el ejercicio del poder dentro del régimen parlamentario imperante. Pero los problemas mal manejados y la realidad cada vez más demandante les dieron, en las elecciones recientes, una fuerza inédita a formaciones políticas nuevas, tanto de izquierda como de derecha. Esto ha puesto a prueba inmediata a los partidos tradicionales, que de entrada se resisten a pasar a una nueva fase en la que todo empuja a que se entiendan. Entretanto, el impase podría conducir a nuevas elecciones, que podrían traer más artificios o a un Gobierno sin vitalidad real.

El caso de Venezuela es emblemático de lo que ocurre cuando el sistema político se resquebraja al máximo. Los dos partidos instalados en la alternancia democrática, AD y COPEI, se volvieron cómplices en el desgaste del sistema, y entonces surgió el abanderado de lo imprevisto, que instaló un nuevo régimen con todas las fantasías perniciosas que se han visto crecer desde finales de los años 90 del pasado siglo. Hoy, Venezuela, país de extraordinaria riqueza petrolera, se halla en condición inverosímil; y políticamente el trastorno es profundo. La oposición al régimen ganó las recientes elecciones legislativas, pero la inviabilidad del esquema general sólo augura más trastorno. ¿Hasta dónde? Se verá de aquí en adelante.

En cualquier sociedad, sean cuales fueren su tradición y su riqueza, si no hay balances racionales lo que apunta es el desastre. Nuestro país tiene múltiples debilidades e insuficiencias tradicionales; pero afortunadamente la solución política del conflicto bélico permitió pasar a una fase de estabilidad institucional básica, que se ha mantenido en pie pese a todas las pruebas de recorrido. Esto los salvadoreños tenemos que considerarlo en lo que vale; y, desde luego, los liderazgos que llevan la responsabilidad principal en la conducción del país están llamados a ser los primeros en asumir dicha actitud comprometida.

Bajo ninguna circunstancia se debería llegar al punto en que el descontento y el malestar ciudadanos induzcan a la tentación de las apuestas políticas fuera de control. Hay que potenciar responsablemente la estabilidad saludable del sistema político, y para ello se requiere que todas los sectores, intereses, fuerzas y grupos que se mueven dentro de él cumplan con sus respectivas responsabilidades de manera cabal y constructiva. Hay que poner a un lado las neuras de todo tipo, y en particular las neuras ideológicas. La realidad tiene demasiados desafíos propios como para estar agregándole quebrantos innecesarios. Hay que cuidar al sistema como tal, que no es propiedad individual de nadie, sino patrimonio de la evolución histórica. Y es a tal evolución a la que todos tenemos que apostarle con seriedad visionaria.

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