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Hay que evitar que las nuevas generaciones se contaminen de pesimismo

Es hora de que todas las estructuras de poder les abran verdaderas oportunidades a los jóvenes, no sólo en lo referente a la presencia sino también en lo concerniente a la conducción.
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Es cierto que los salvadoreños tenemos muchos motivos para vivir en la inquietud y la incertidumbre sobre el presente y sobre el futuro, dados los constantes errores, los persistentes despistes y las reiteradas calamidades que vienen dándose en el curso de este accidentado proceso democratizador; sin embargo, en la realidad siempre alternan los signos negativos con los signos positivos, y uno de los aprendizajes más importantes en cualquier situación o circunstancia es el referente a saber ir calibrando dichos signos, de tal manera que se haga posible el predominio del realismo sensato sobre todos los pasionismos unilaterales.

Desde luego, dadas las condiciones actuales de nuestro desempeño como sociedad y como institucionalidad, es muy difícil mantener un equilibrio razonador cuando hay tantas necesidades insatisfechas y tantos problemas por resolver. Y esto se vuelve más difícil aún por la forma en que vienen comportándose los liderazgos nacionales, que continúan pensando y actuando en función de sus propios intereses, y con frecuencia de una manera calculadora y mezquina. Antes, tal actitud tendía a pasar inadvertida, porque la ciudadanía estaba reducida a ser espectadora invisible; hoy, el avance democratizador y las facilidades crecientes de comunicación libre y abierta han puesto al ojo ciudadano encima de todo lo que pasa en la política.

En ese orden de nuevas realidades, la presencia de la juventud se va haciendo cada vez más visible. Dicha presencia tiene, como es natural y normal, un componente crítico frente a lo que va trayendo el día a día. Muchos jóvenes ya se manifiestan, aunque hay una gran mayoría que aún no lo hace por distintas razones, entre las cuales la marginalidad que aún es tan notoria en el ambiente es de seguro la más determinante. El viejo centralismo se mantiene haciendo de las suyas, por lo cual las limitaciones territoriales, con todas las consecuencias que ello acarrea en las oportunidades educativas y de empleo, son aún barreras por superar.

Si la realidad no cambia para bien en la medida que se requiere para asegurar el progreso, y si ese cambio no se derrama con suficiente equidad y sostenibilidad, la ciudadanía tiende a frustrarse y, como consecuencia directa, a encolerizarse. No es casual que en Europa haya surgido el movimiento de los “indignados”. Esto es parte de la ola de reclamo universal que caracteriza el momento presente.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que la indignación tiene que pasar a otra etapa para no ser conmoción momentánea. Hay que pasar al plano propositivo.

Ya es hora de que la juventud se haga oír en ese plano, y que sus propuestas tengan la respuesta debida. Los mayores tienen que hacer lo necesario para que los jóvenes no se contaminen de pesimismo, y la forma más efectiva de garantizar que esto no ocurra es haciéndoles participar en la construcción del destino nacional; y los jóvenes tendrían que recoger el guante haciéndose presentes y actuantes en forma responsable y razonable, con su vigor creativo característico.

Participar es la mejor vía para comprometerse. Es hora de que todas las estructuras de poder les abran verdaderas oportunidades a los jóvenes, no sólo en lo referente a la presencia sino también en lo concerniente a la conducción. Hay que rejuvenecer los liderazgos para que la política funcione con los balances generacionales que se requiere. Ese es uno de los mejores antídotos contra el pesimismo.

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