Hay que hacer de cada día la oportunidad de un día mejor

Estancarse en la frustración, aparcarse en la resignación o aislarse en el desaliento son las recetas perfectas para el fracaso sin retorno. Sólo la actitud positiva y proactiva produce frutos.
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Los ajetreos, las turbulencias y las angustias de la vida cotidiana nos van convirtiendo en autómatas que dejan pasar las horas como si fueran agua corriente sin siquiera reparar en ello. Le echamos la culpa al ritmo del vivir actual, que en todas partes viene adquiriendo una aceleración fuera de control. Es cierto, las realidades del presente se muestran cada vez menos dispuestas a sujetarse a un orden y a una disciplina, pero eso ha llegado al punto en que se encuentra en gran medida porque los seres humanos de carne y hueso, con nombre y apellido, hemos dejado que ocurra, por no ponerles freno oportuno a las servidumbres que proliferan agresivamente en nuestro tiempo, como son el consumismo, la frivolidad y el desorden moral.

Es de la máxima importancia traer a cuento cuantas veces sea oportuno el hecho de que el verdadero vivir está mucho más en la interioridad de cada ser humano que en todos sus entornos. Esta no es una convicción espiritualista aislante sino un hecho probado por la experiencia en cualquier parte y en cualquier tiempo. Es verdad que las circunstancias externas determinan en significativa medida lo que podemos hacer con nuestra propia existencia personal, pero nunca son capaces —por adversas que sean— de cerrar todas las compuertas de la superación realizable, que depende en primer término del motor de la conciencia individualizada. Dice la sabiduría popular que cada cabeza es un mundo; y al ser así, cada individuo es un espacio abierto de realizaciones posibles.

Ahora se habla mucho de emprendedurismo y de emprendedores. Siempre han existido, y al hacer un somero recuento de los grandes éxitos en el desarrollo personal queda patente que gran cantidad de los que lo han logrado partieron casi de la nada y en condiciones muy poco favorables. En este momento del destino universal, con una globalización expansiva en todos los órdenes, así como los riesgos se multiplican lo hacen también las oportunidades. Dice la sabiduría popular que el que quiere, puede; y ese es un principio endosado por la experiencia de siempre. Los límites son invitaciones a dar el salto. Y fijémonos bien: aquellos que desde el inicio de la vida tienen mucho o lo tienen todo a su disposición casi nunca logran nada significativo por su cuenta.

La autorrealización es un ejercicio formativo y constructivo que, como posibilidad existencial, no excluye a nadie. Los ejemplos son incontables, y de seguro cada persona conoce casos individuales de autorrealización que hasta pueden parecer inverosímiles, pero que son perfectamente identificables. Traigo a colación, como testimonio personal, el caso de un niño al que conocí en el campo cuando yo también era niño, hijo de trabajadores analfabetos y dedicados a las labores agrícolas. Ese niño fue primero a una escuelita rural. Pronto se incorporó al trabajo, pero siguió estudiando hasta sacar su sexto grado. Después, y por impulso propio, pasó al Instituto Nacional más cercano, lo que le exigía viajar a diario largas distancias de ida y vuelta. Obtuvo el bachillerato, y consiguió una beca para la Universidad. Así llegó a ser un médico de primera línea. La moraleja es obvia.

Si el país contara con un auténtico y eficiente sistema de oportunidades para que todos sus habitantes pudieran autorrealizarse de manera más factible conforme a lo que cada quien pueda y quiera llegar a ser, de seguro tendríamos un ambiente mucho más esperanzador. Hay que construir dicho sistema lo más pronto posible, pero sin perder de vista en ningún momento que la llave de su propio destino está en las manos de cada quien. Estancarse en la frustración, aparcarse en la resignación o aislarse en el desaliento son las recetas perfectas para el fracaso sin retorno. Sólo la actitud positiva y proactiva produce frutos.

Desafortunadamente en nuestro país se han venido debilitando progresivamente los tejidos familiares y la escuela también viene sufriendo una desestructuración acumulativa. Se ha desvanecido el cultivo de las buenas costumbres y casi nadie se acuerda de los conceptos básicos de la urbanidad en el trato interpersonal. Paradójicamente el mundo rural que prevalecía en otros tiempos tenía mucho más sentido de convivencia que la sociedad urbana que hoy lo va invadiendo todo. No hemos sabido evolucionar de manera armoniosa. Y aunque la necesidad de justicia social es determinante, no lo es menos el imperativo de sociabilidad moral.

Así las cosas, se vuelve más apremiante que nunca tomar conciencia de lo que la vida representa y de lo que el vivir significa. Cada día es el espacio de que disponemos para cumplir nuestra tarea vital en todos los sentidos. El ciclo del Sol es nuestro propio ciclo. Y lo que hagamos o dejemos de hacer cada día determina el patrimonio existencial disponible. Que no se nos olvide.

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