Hay que hacer de la creación de confianza el propósito principal en el año que inicia

Lo que la realidad nos está demandando a todos es establecer y consolidar una cultura de la confianza, que esté por encima de las diferencias políticas y socioeconómicas.
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Ya son sobradamente conocidos los problemas que tenemos que encarar los salvadoreños en nuestra vivencia cotidiana, y también lo son los sentimientos de malestar y de reclamo que se generalizan cada día más entre la ciudadanía. 2014 concluyó con grandes déficits de seguridad y de credibilidad en el ambiente, y esto es en sí una carga que dificulta el avance en todos los órdenes de la vida nacional. El ciudadano honrado, responsable y trabajador es el que en definitiva tiene que pagar las cuentas resultantes de tal situación; y la impaciencia natural que eso provoca es en sí un riesgo para el país, porque incrementa las ansias de emigración y las tentaciones de tomar la justicia por propia mano.

La falta de seguridad erosiona la estabilidad, y la profundización de esta le va restando energías y posibilidades al progreso. Es un círculo vicioso promotor de desconfianza y detonador de cólera social. Así las cosas, se vuelve insoslayable hacer un ejercicio verdaderamente correctivo en el que se comprometan todos los sectores en función de sacudirse taras del pasado y de habilitar oportunidades del presente. El factor clave de todo es la confianza que se fundamente en la realidad y que le sirva a la realidad. Confianza en el rumbo nacional, confianza en el desempeño de la institucionalidad pública, confianza en el servicio al bien común, confianza en las perspectivas de un porvenir que traiga fortaleza estructural y prosperidad incluyente.

El desempeño responsable en el manejo de las finanzas públicas es uno de los factores más decisivos para que haya confianza y predictibilidad en el ambiente. En este campo se hace imperativo actuar con disciplina y abandonar todos los manejos aventurados, que han sido tan comunes en las Administraciones sucesivas. Y ahora tal disciplina se hace aún más imperiosa cuando los márgenes de disponibilidad de fondos se reducen por la decisión de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de limitar el arbitrio del Gobierno en el uso de los fondos de pensiones. Va quedando cada vez más claro que sin un despegue económico verdaderamente significativo es imposible mantener a flote el sistema público.

Al hablar de confianza estamos hablando de una condición sostenida en el tiempo, ya que no se trata simplemente de generar confianza en la gestión del Gobierno sino de proyectar confianza en la capacidad del país para producir y para sustentar su progreso en todos los órdenes. Hay que subrayar que la confianza es un estado de conciencia, y que, por consiguiente, no bastan las medidas coyunturales ni las declaraciones de ocasión: se requiere que lo que se diga vaya en estricta concordancia con lo que se haga, y todo ello de manera consistente y permanente. Lo que la realidad nos está demandando a todos es establecer y consolidar una cultura de la confianza, que esté por encima de las diferencias políticas y socioeconómicas.

Quisiéramos que esta reflexión de principio de año tuviera capacidad de convocatoria para que todas las fuerzas nacionales se sintieran llamadas a integrarse en un esfuerzo de nación. Está sobradamente comprobado que si no se parte de una convicción compartida con sinceridad y con voluntad no se llega a ninguna parte y más bien se abona a la desconfianza imperante. Es tiempo de abandonar todas las simulaciones para pasar sin reservas al ejercicio de la racionalidad responsable. Esa es la clave para desentrampar la problemática que vivimos.

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