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Hay que hacer que la esperanza y el amor recuperen su lugar en un mundo globalmente traumatizado

Hay que decir en primer término que el despliegue de la modernidad no tomó en cuenta a tiempo la necesidad de acompañar los cambios acelerados que traía la evolución con estímulos de ajuste y con medidas paliativas.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Después del colapso de la bipolaridad entre las llamadas superpotencias que quedaron en la cumbre del poder mundial luego del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, cualquiera hubiera podido creer que el mundo iba a entrar de inmediato en una fase de racionalidad fundamental por efecto de contraste espontáneo. No fue así, y aunque las dinámicas globalizadoras comenzaron pronto a hacerse sentir, las sensaciones de inseguridad y de incertidumbre no se hicieron esperar. Una pregunta a la vez simple y enigmática comenzó a flotar en todos los ambientes: ¿Qué está pasando? Y no había respuestas a la vista. Han pasado ya casi 30 años desde que aquella artificiosa maquinaria bipolar dejó de existir, y aún no se ven claras las rutas del futuro, pese a que dicho futuro se hace cada vez más presente. Envueltos en esa maraña, los seres humanos que convivimos en esta época seguimos huérfanos de esperanza y cada vez más renuentes al amor.

Cuando en estos tiempos se menciona el término esperanza menudean los gestos despectivos, que parecieran decir: “¿Y a quién se le ocurre hablar de esperanza en un tiempo en que lo que vemos a diario es que las puertas se cierran y las oportunidades se esconden?” Y cuando surge la palabra amor las sonrisas escépticas no se hacen esperar: “Cuando las circunstancias imperantes en todas partes lo que promueven en primer término es el rechazo, la exclusión y el odio, estar mencionando el amor como una aspiración generalizable es negarse con ingenuidad fuera de foco a ver las cosas como son en el plano de los hechos concretos”. Pero en verdad lo que pasa con tenaz frecuencia en la época actual es que las fuerzas del mal les han venido ganando la moral y la iniciativa a las fuerzas del bien, al menos en el plano informático que es hoy una plataforma global sin límites, y que parece poderlo todo.

Pero los cuestionamientos antes mencionados no pueden ser dejados de lado a la hora de activar los propósitos de pasar a un renovado juego de expectativas reales en clave positiva, porque por algo muy determinante se ha llegado al predominio de sentimientos y de sensaciones que hoy impera de modo tan potente. Hay que decir en primer término que el despliegue de la modernidad no tomó en cuenta a tiempo la necesidad de acompañar los cambios acelerados que traía la evolución con estímulos de ajuste y con medidas paliativas. No es casual entonces que se haya vuelto un fenómeno invasivo por todas partes esta especie de desorden existencial que ahora mismo tiene a la humanidad en constante ansiedad inconforme, con todos los efectos desalentadores y desorientadores que eso acarrea. Y en tales condiciones la esperanza pierde asideros y el amor se vuelve cada vez más escurridizo.

En nuestro país las condiciones son al respecto verdaderamente angustiosas. Venimos de vivir una guerra en la que el odio y la muerte hicieron ferozmente de las suyas; y luego, con inmediatez que traía múltiples desafíos, pasamos a esta posguerra en la que el tropel de los acontecimientos ha sido incontenible. En tales condiciones, los apremios y los quebrantos de la realidad se han convertido en factores erosivos que van invadiéndolo todo. Sin embargo, por debajo y por encima de todo eso siempre se pueden identificar señales de que se puede aspirar a otros colores de vida. Ahí asoma tímidamente la esperanza. Y eso hay que cuidarlo con esmero entrañable, porque se trata de brotes expuestos a todos los embates de una realidad que ya se acostumbró a imponerse en forma inmisericorde. Y el amor, como una fuerza subterránea que no se resigna a renunciar al aire, también asoma cotidianamente en busca de supervivencia.

Lo que los seres humanos no podemos perder en ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto es nuestra voluntad de escalar el propio destino. Se trata de un espontáneo esfuerzo hacia arriba, en busca de esa atmósfera vital en la que circulan los mensajes superiores y en la que es posible tocar con las manos abiertas los pétalos de la verdad sin límites. En lo que a El Salvador se refiere, el trabajo por hacer al respecto es arduo y peligroso, y por eso mismo hay que asumirlo como una tarea sin alternativa en la que se juega todo lo que somos y todo lo que anhelamos ser. El horizonte debe ser nuestra meta, y el cielo despejado debe ser nuestra brújula. La esperanza es el mirador más reconfortante y el amor es la ventana más generosa. Cuando todo parece envuelto en los velos más oscuros es cuando con mayor empeño indeclinable hay que mantener encendidos esos focos providenciales.

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