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Hay que hacer todo lo necesario para evitar que la epidemia de la conflictividad política gane más terreno

Salgamos, pues, de esta maraña de trastornos provocados por el capricho y por la obstinación, y pongámonos todos efectivamente al servicio del bien común.

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En el curso del año transcurrido desde que entró en funciones la actual gestión gubernamental en el país, el proceso de la conflictividad política en las más altas esferas del poder ha venido cobrando intensidad, y esto se pone aún más de relieve en las circunstancias perturbadoras y aflictivas que ha traído de manera galopante la pandemia del coronavirus, que tiene al mundo en ascuas, y ya no se diga a países como el nuestro.

La racha de incertidumbres que ahora se mueve aceleradamente en el terreno de los hechos parece estar desajustando voluntades, cuando las condiciones del fenómeno real exigirían todo lo contrario; y así lo que tenemos es una especie de descontrol creciente cuyas consecuencias aún no pueden ser previsibles ni mucho menos manejables. Pero los efectos ya se están dando, y de manera cada vez más invasiva y perniciosa, tal como se percibe fehacientemente en la cotidianidad de la vida nacional.

El choque reincidente entre las posiciones del Ejecutivo y del Legislativo evidencia al máximo la confrontación a la que nos estamos refiriendo; y en eso está envuelta también la Sala de lo Constitucional, que es el más alto nivel en cuanto a decisiones judiciales. Pero no quedan ahí las cosas, porque en este agudo juego de contrastes también está presente la cúpula del sector empresarial, haciendo así que el panorama revele una reiterada convulsión sin precedentes.

Y, como resulta fácil percibir, un fenómeno nacional de la índole del que ahora está presente, no se da de manera espontánea: deben entrar en juego factores que le den impulso; y, en este caso, el principal de dichos factores es la inhabilidad del sistema político para ir reconociendo, asumiendo y administrando sus dinámicas evolutivas a tiempo y a cabalidad. Al respecto, el esquema de partidos se fue anquilosando progresivamente, y eso dio origen a que emergiera una fuerza nueva, que ha llegado con ánimo de romper esquemas de manera impositiva y agresiva en vez de proponerse, como sería lo razonable evolutivamente hablando, transformar esquemas con visión razonadora y ejemplarizante.

En otras palabras, para que la situación que impera vaya pasando a rangos de normalidad realmente identificables como tales es preciso ir mucho más allá de los reajustes y remedios coyunturales: se requiere atar todos los cabos sueltos en el comportamiento político y social, de tal manera que todas las fuerzas se pongan al hilo con lo que el país necesita y que, por su lado, la ciudadanía continúe fortaleciendo sus mecanismos de participación por derecho propio.

Entendamos de una vez por todas que la realidad no es un juego de azar en el que los movimientos repentinos pueden resultar beneficiosos sin más para quien los realiza: lo que la realidad nos demanda a todos es el estricto apego a la ejecución ordenada de iniciativas y de métodos de acción que calcen con las situaciones que los originan. Por ejemplo, la emergencia cuarentenal por el coronavirus no puede ser tomada como una fórmula rígida y sin alternativas, sino que debe ser ejercida en conjunción con los requerimientos económicos y sociales que están sobre el tapete.

No hay que perderse en extremismos inútiles y dañinos de ningún tipo, sino avanzar de manera articulada en conjunción de voluntades, para que lo que se decide y se emprende pueda llevar a conclusiones que traigan soluciones aparejadas. Salgamos, pues, de esta maraña de trastornos provocados por el capricho y por la obstinación, y pongámonos todos efectivamente al servicio del bien común.

Pasará la pandemia virulenta y la vida nacional seguirá su curso, sobre cualquier cantidad de escombros que queden. Lo fundamental, en todo caso, es tener activados los mecanismos de superación en los diversos órdenes.

Tags:

  • conflictividad
  • capricho
  • sistema político
  • realidad

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