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Hay que hacer todo lo necesario para que FOMILENIO II sea realidad

Para el caso, si el Estado persiste en mantener criterios hegemónicos sobre las inversiones y conceptos egoístas sobre los beneficios de las mismas, nada se va a lograr en definitiva.
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Nuestro país está necesitando suficiente inversión interna y externa, crecimiento económico sostenido, impulso real al desarrollo local y territorial, entre otros componentes de lo que debe ser una dinámica de progreso que merezca el nombre de tal en todos los órdenes. Ante este tipo de urgencias, lo normal sería que todos los esfuerzos de país se orientaran en la misma ruta, sin que hubiera retrancas ideológicas ni obstáculos políticos de ocasión. Desafortunadamente, lo que hemos venido viendo es todo lo contrario: el retraso, el entorpecimiento y las resistencias a hacer lo que se debe hacer, en el plano institucional, para que las condiciones que permitan salir del estancamiento en que estamos se hagan realidad lo más pronto posible.

El caso del FOMILENIO II es ya emblemático al respecto. La misma naturaleza de un proyecto como este hace surgir demandas de viabilidad que potencien la dinámica modernizadora en el terreno. Ya se sabe que, dentro de la lógica reductiva que se vive en los ámbitos gubernamentales, cualquiera que sea el gobierno de que se trate, lo primero que se enfoca es la rentabilidad de imagen, y más ahora cuando el Gobierno actual está por concluir su mandato. Firmar definitivamente FOMILENIO II es una fotografía muy esperada; sin embargo, lo que verdaderamente importa es que el proyecto surja bien y se desarrolle bien, para que cumpla el propósito básico de su aporte y las expectativas nacionales al respecto.

Como bien ha dicho la Embajadora de Estados Unidos en El Salvador, en declaraciones muy recientes, el Gobierno estadounidense no sólo tiene interés en que se lleven a cabo las inversiones, sino en que éstas sean un éxito y produzcan el deseado provecho para el pueblo salvadoreño. Como hemos señalado en otras oportunidades, proyectos como ha sido FOMILENIO I y como esperamos que sea FOMILENIO II son en realidad plataformas para encauzar el desarrollo, y por eso sus resultados se harán verdaderamente sensibles cuando se les dé la continuidad debida.

En ese sentido, es aún más imperioso que estén dadas las condiciones que potencien los compactos y que inciten a seguirlos adelante. Para el caso, si el Estado persiste en mantener criterios hegemónicos sobre las inversiones y conceptos egoístas sobre los beneficios de las mismas, nada se va a lograr en definitiva. Mientras el Estado siga pensando más en lo que le tocará recibir que en los beneficios que obtendrá el país en general, no habrá desarrollo en el estricto sentido de la palabra. Es lo que ha pasado con el proyecto del Puerto de La Unión, que ha venido degradándose, y que hoy no se sabe en qué parará. Ojalá que algo de la visión original pueda preservarse.

Las reformas cruciales tan postergadas a la Ley de Asocios Público-Privados son un punto clave en esta cuestión, aunque no el único. Dichas reformas se han parado más por sostener prejuicios que por análisis de realidades. Es el fantasma de la “privatización” el que no quiere ceder posiciones, cuando en verdad los asocios público-privados, al ser manejados como debe ser, abren oportunidades que derivan en reales beneficios compartidos.

A estas alturas, se tendría que hacer todo lo necesario en dos vías paralelas: la concreción de FOMILENIO II y la continuación, ya en clave nacional, de FOMILENIO I. Que los atrincheramientos y los caprichos se dejen de lado, en función de país.

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