Hay que insistir en el punto de la austeridad en el manejo público no sólo por la crisis actual sino para el aseguramiento de la sana gestión

Tal como están las cosas, si no hay austeridad en acción y por convicción tampoco habrá salidas seguras en el futuro que se avizora, y ninguna normalidad podrá ser de veras sostenible.
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Estamos viendo y padeciendo en el día a día los estragos de la irresponsabilidad crónica en el manejo de los fondos públicos, lo cual, como todas las conductas irresponsables, va acumulando su propia inviabilidad hasta llegar al borde del precipicio. En tales condiciones, lo que la racionalidad básica demanda es comenzar de inmediato a articular esfuerzos serios hacia una nueva forma de encarar las responsabilidades públicas en el ámbito financiero, no sólo para superar progr esivamente los trastornos que se han venido acumulando a lo largo del tiempo sino, sobre todo, para instalar una nueva y saludable cultura de tratamiento realista de todas estas cuestiones que tanto inciden en el buen desempeño institucional y en la sana evolución social.

Desde distintos ángulos, con diferentes tonos y también de seguro con diversas intenciones se le viene reclamando a la conducción gubernamental que pase de una forma de administrar en la que prevalecen a toda costa los intereses coyunturales a otra forma de administrar en la que haya metas precisas e identificables y se apliquen métodos efectivos y transparentes. Esto implica poner la austeridad en el plano preeminente que le corresponde; una austeridad que no se limita a los aspectos financieros sino que abarca el comportamiento integral tanto de las instituciones como de los que funcionan dentro de las mismas.

Si bien siempre es imperioso asegurar el desempeño austero en los distintos planos públicos, cuando las condiciones de la realidad presentan dificultades cada vez más acuciantes el reclamo de austeridad se vuelve aún más urgente. Esa es la situación en que estamos en las circunstancias actuales; y, por ende, la austeridad ya no es opcional, sino imperativa. Hay que limpiar todo el aparato público de frivolidades absurdas y de prepotencias costosas. Para ello hay que conjugar el compromiso y la transparencia.

Afortunadamente para la buena marcha del proceso nacional que se viene impulsando de manera progresiva, el ojo público está cada vez más atento a las distintas actividades que se van dando dentro de la institucionalidad, y el tema del gasto superfluo reaparece constantemente en la opinión pública. Así se empiezan a destapar situaciones que no tienen ninguna explicación que no sea el afán de algunos funcionarios por actuar como potentados sin freno o como repartidores gamonales entre sus allegados. Los funcionarios públicos, del nivel y de la procedencia que fueren, deben ajustarse a las normas de un desempeño sobrio y respetuoso en todo sentido, y esa también es una de las formas de la austeridad.

Lo anterior implica que resulta indispensable, siempre y sobre todo en este preciso momento tan complejo y dificultoso de nuestra evolución, activar los valores morales en el ambiente; porque, para el caso de la austeridad, ésta no puede ser un simple mandato derivado de normas legales o de acuerdos políticos: tiene que fundarse en convicciones bien arraigadas en la conciencia ciudadana, que deriven desde ahí hacia los diversos comportamientos públicos. Es una cultura de valores en acción lo que en realidad estamos necesitando.

Tal como están las cosas, si no hay austeridad en acción y por convicción tampoco habrá salidas seguras en el futuro que se avizora, y ninguna normalidad podrá ser de veras sostenible. Siendo así, la austeridad no hay que verla como un sacrificio cargante, sino como una disciplina benéfica.

Tags:

  • austeridad
  • fondos publicos
  • institucionalidad
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